El Hombre Viento

A (2021)

Vistazos / Audiencia.
(1er vistazo). Hace mucho tiempo, cuando Carlos Berlanga estaba vivo y se había peleado con el compendio Dinarama, declaraba en una entrevista que no quería fama, quería ser influyente. O tener una camada. Y ahora, escuchando el disco que han firmado a medias Xavibo y El Hombre Viento, me acordaba de esa declaración y pienso que, igual que Berlanga, El Hombre Viento está creando una camada, desde su no-fama. Los dos van a conseguir hacer realidad el plan B porque, en realidad, a todos nos encantaría caminar por el paseo de la fama un ratito.

(2º vistazo). Las escuchas ligeras aportan una información que casi siempre deriva en ruido. Escucho A en aleatorio y me quedo fascinado con lo mágicas que son las bases de El Hombre Viento. ¿Bases? ¿Eso son bases? Hace tiempo nuestro rapero favorito se convirtió en un creador de canciones, a la busca de una voz y de una audiencia propias. (Qué fijación tan estúpida con la audiencia. Estúpida, tramposa, necesaria).

Disección.
De alguna manera A (y Del Amor y Otras Historias) son la continuación/consecuencia de Circuitos y Tierra. La culminación de esa búsqueda que se ha ido insinuando, con mayor o menor descaro, en todos sus discos (menos 12 Canciones Casi Alegres, que es otra cosa y es irrepetible). El Hombre Viento ha ido pasando del Rap al Folk, ha sabido aprovechar todo lo que lo primero tiene de electrónico para lograr producir lo segundo bien, y barato.

A puede ser un cancionero para apocalípticos optimistas, que recoge los agravios de la vieja era y las expectativas de la nueva; como buen cancionero es simple, impresionista, desorientado y emocionante: un puzzle no resuelto porque otro nuevo, está tomando forma. Nadie lo entenderá completamente porque no entendemos los comienzos, pero quien se atreva a encontrarle un significado, posiblemente lo integre en su periplo vital como el detonador de algo más o menos importante: eso que hacemos con las canciones. Lo mismo que hemos hecho con Serrat o Violeta Parra. Quizás las metáforas, demasiado oscuras, y las regañinas, bastante vehementes, alejen muchos oyentes potenciales al rincón de los desairados; o, sencillamente, estamos echados a perder y no vamos a merecer ni el futuro, ni sus mitos.

Pero las canciones son como las mantelerías. Un día aparecen en una caja polvorienta y todo tiene sentido, todo es memoria y alegría. Quizás El Hombre Viento ha escrito el manifiesto político de la era que nos cae encima, que nosotros ni vamos a jalear, ni vamos a merecer.

Justificación.
Joder, la tristeza. Si eliminásemos los textos de A, tendríamos, en bucle, la misma escena: el náufrago, a pesar del desastre y de lo que viene, maravillado del color del cielo cada amanecer. Una y otra vez. Hasta que se apaga la luz.

La pregunta es si A es un disco de desencanto, de paz o de plenitud. Todo ello vibra en el paisaje que he inventado. Y que posiblemente es mío y no tiene nada que ver con el tuyo.

Para terminar, no hay que dejar de recomendar a este artista. Después de todos esos nubarrones siempre deja un pequeño indicador, con destino a la esperanza. No se pierde nada con seguirlo, tristes, y que nos sorprenda el sol, un segundo, colándose entre las hojas del árbol, cargado de agua de lluvia, que no sabíamos que estaba ahí.

Recuerdo, hace años, y ojalá pudiera encontrar la fuente, leer en una revista de tendencias dirigidas a señores homosexuales, que Aute llevaba toda la vida publicando el mismo disco -siempre me ha sorprendido la ignorancia musical de la mayoría de los maricas-. El mismo reproche le podría caer a El Hombre Viento, caso de caer en el radar del colectivo gay; menos mal que no hay ni radares ni nada parecido a crítica musical en Homolandia.

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