La Estrella de David

11 de febrero, Centrocentro.

A veces me da por pensar que la juglaresca y la tristeza son el futuro de la música. O su destino después del paréntesis pernicioso del siglo XX y sus consecuencias. Quizás haya clases y hagan electrónica y autotune los que tengan un generador. Los demás tendremos que conformarnos con la hora que David baja la basura y se hace unas canciones en el parque, porque se aburre de su generador y de sus mal entendidos privilegios.

El presente sigue aquí y La Estrella de David canta coplillas tan divertidas como envenenadas con su voz de patán hipersensible. No canta bien, es cierto, pero canta hondo, raro, y sobre todo; canta como cuenta. Al menos a mí me emociona con una facilidad que me gusta. Llorar con David es la mejor manera posible de llorar. Llorar hasta caer, y despertar con una resaca infernal.

Nota mental. Dale una hostia al payaso que escribió que David Rodríguez canta mal. No tiene puta idea lo que habla.

Al final nos están contando crónicas de corazones cascarrabias y rotos, de reproches y de pasados que no aportan otra cosa que dolor y una cansina presencia. Nos está enseñando un corazón jodido que a lo mejor es de plástico. Pero logra que el acompañamiento enlatado parezca bonito, y que nos olvidemos de la dichosa electricidad. Soy un pureta, caramba. Merezco ser degollado con cuerdas de guitarra (acústica).

Dejadme. Quiero escuchar.

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