Northwest

II (2020).

Northwest se disfruta despacio. Su país es el de la paciencia y el tiempo perdido. El del sol y la yerba fresca invadiendo los huesos de frío. No tengo idea si había intención de dividir de esta manera su debut, pero esta segunda parte es, sobre todo, la exuberancia. Una primavera cubierta de nieve, con brotes estallando a través del suelo helado. Con el sol relumbrando en las gotas de agua recién creada. De una belleza tétrica, apesadumbrada, ebria de pánico y resurrección. Tan triste que es necesario almorzarlo en el frío de las mañanas.

Quizás sea II el barro, el tacto, igual que el anterior disco sería el aire; o quizás ahora, ya terminado, tiene sentido. Un trabajo que se siente, o que se debe sentir, tocar, que está sucio y suena sucio, improvisado, -que no simple, todo lo contrario, excesivo como una enredadera creciendo sin control- salpicado de ideas fantásticas y miedos primarios. Un disco para sentir, no para volar, para hacerlo brotar como la sangre y llorarlo debajo de la lluvia: si es que llegamos a salir algún día a la calle.

(Transcribo al ordenador estas letras justo el día que estamos todos en el primer día del confinamiento).

Wind, la primera, me recuerda a Cumbria, que abría I. Suena a mensaje privado, a recordatorio de lo que era aquel principio y lo que es este. Una especie de mensaje privado, de celebración y fe de vida. Pudiera ser una de las mejores del disco, junto a Before the Spell: Solo de clarinete. La consagración de la primavera. Una ¿improvisación? se convierte en una larga obertura que muy despacio va desvelando la canción: La palabra es despacio. Quizás alrededor de un lugar acelerado, esta canción va a clavarse como un asta de bandera y a moverse en su propio tempo (igual que un óvalo de antimateria confinado en su burbuja). Posiblemente habría que escucharla un día de la hipotética normalidad, para comprobar su efecto reconfigurador sobre el sonido del tráfico. Me he acordado del monumento a Isabel la Católica que hay frente al Museo de Ciencias Naturales. Del sonido del agua de la fuente que hay allí, y el murmullo del tráfico, presente en el picor de la garganta pero domesticado para los oídos. Ese fue uno de los lugares donde escuché, de noche, I, y donde ahora, mientras entra el sol de la mañana por mi ventana, me imagino sonando esta canción. La paz de espíritu es querer estar en dos sitios a la vez. Recibir el pañuelo con una nana bordada de la voz de Mariuca mientras trinan los clarinetes del tormento en algún lugar de la Castellana. Pero hoy pudiera ser un gran día: no me levanté con dolor de cabeza.

Wasted Light tiene una estructura de musical; es una especie de diálogo entre Mariuca e Ignacio. Casi podría transformarse en un spoken word y durar seis horas. Y seguramente, no estaría mal. Está interpretada, de eso no me cabe duda, la imagino como una máscara que se exhibe entre bailes y alguna risa mal llevada. Una canción de sonidos prestados y sentimientos adelantados al crédito de una vejez que (no me engañáis) todavía no ha encontrado su voz: no es el turno. Aun así, un broche exquisito, perfecto. Ay, como estoy dos decidan contar historias.

No sé si pudiera ser una suerte de fabulación sobre el paso del tiempo por que cuerpos y sus espíritus, por su relación y su hogar. Quizá. Es tan cinematográfica que se mira igual que se oye.

[Interlude 2] Día siguiente, no he dormido y parece que me están intentando despertar de una fiesta irreal. II deriva hacia la música clásica en este primer tercio, olvidando cualquier canal pop que los mantenga en el terreno de lo inmediato –Northwest en el terreno de lo inmediato: solo a mí se me ocurriría semejante sinsentido-. Si se reconocía a Goldfrapp en The Day, aquí nos lanzamos sin red a la música clásica contemporánea, los rusos, los minimalistas, los ballets, la excentricidad; de una manera tímida pero firme. La pieza cobra forma después de un preludio que parece un calentamiento, y se convierte en una suerte de tormento de cámara para distorsiones sonoras que derivan en una melancólica secuencia que, a pesar de su potencia, parece el eco de un sueño incoherente que, al despertar, ha desaparecido.

Hay que volver a ella. Pudiera ser un sueño registrado, por primera vez; y la escucho varias veces, y cambiando de opinión, regreso sobre unas huellas que no parece que tengan intención. Y recuerdo que no he dormido, que quizás ahora no estoy despierto (si no fuera por los garabatos en el cuaderno).

Ha sido un paréntesis. All of a Sudden retorna a la estructura pop. Es quizás una de las canciones más accesibles del disco, emotiva e intensa. Suena como una tormenta susurrada al oído. Y, maldición, tengo la sensación de estar escuchando chicharras de fondo. Ayer sonó cuando recogía mis cosas para seguir recorriendo vías cíclales. Esa atmósfera de sopor veraniego y el sol cayendo sin compasión sobre las cabezas, la sección de cuerda de esa canción, la voz de Mariuca ignorando el sudor y la sed…

(Después)


Hoy me he levantado pensando que intento entender a Northwest como un acechador, que quiere atisbar la instantánea del alumbramiento de cada canción, la estampa exacta de ese instante, desde la ventana lejana de un parque en medio de Castilla. ¿Cómo se los puede explicar así? Bienvenidos a la ceremonia de la confusión, el lugar donde los artistas acuden a sentirse libres.

Mientras hago una enésima escucha a II, me ha dado por pensar que a Northwest le falta cinismo. Su música es un himno a la hermosura de los inviernos, a lo edificante que es la soledad y a la aventura, triunfal, de renunciar a todo para perseguir los sueños. Su música es armonía y, cuando deja de serlo, es porque se convierte en un dialogo o en un pasacalles. Son unos optimistas y el optimismo terminará por convertirlos en unos cursis, o en Georgie Dann. Cierto que han compuesto temas como Look at Me y Pyramid, hablando de la autoestima como pilar de la liberación de cualquier mujer de las cadenas del patriarcado, y de la intolerancia, la violencia y la guerra y el esfuerzo constante que hacemos todos por seguir intentando ser nosotros mismos a pesar de nuestro decadente siglo. Y, sin embargo, la falta de concreción, de carne (creo que Look at Me es la excepción, y sospecho que es Mariuca íntegramente, sucia, feliz y paseando desnuda hacia el aquelarre), esa mirada al infinito de la música, pudiera convertirlos en unos felices excéntricos, ajenos a todo en su sótano de trastos.

Por eso me preguntaba si no han aprovechado el feedback de la gira de I para apuntalar II. Y fuimos demasiado complacientes, demasiado entusiastas, y de la misma manera que les ha salido un disco apabullante en su grandilocuencia, pudiera ser el embrión de futuras vergüenzas.

Conozco a Ignacio y a Mariuca y se que les gusta escuchar, que tienen claro lo que saben hacer y lo que no y que tienen muchísimo talento y son dos tipas valientes. Y que, a su manera, quizás ellos empiecen a pensar qué coño van a hacer después de publicar esta burrada doble.

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