Julio Bustamante y José Ignacio Martorell.

Café la Palma. Madrid, 31 de agosto de 2019.

Los cerdos se comieron a Blancanieves en la segunda temporada de Hannibal, por lenta. A José Ignacio Martorell, por afinar más lento nadie se lo comió pero nos contó el cuento de Blanca y los cerdos, que yo me he reinventado. Y después, cantó una canción de socorro, eso que hoy llamamos auto-ayuda. Y el pop sonó más triste que nunca. Más simple que nunca. Tan bonito como podía sonar. Pop a los gatos-hijos y a la soledad, a los lugares del paseo diario y a sardinas que no vuelan. Notas de realidad que hacen instantes, que hacen felicidades y las unen en un hilo, el que usan los que saben que la buena vida, está hecha de ese trabajo. Y de canciones como las de Martorell, el cartógrafo.

Nunca es tarde para descubrir a Julio Bustamante. Un tipo que sigue teniendo cosas que decir y canciones que cantar. Si tuviéramos algo parecido a Country en la Península Ibérica y una ciudad igual que Nashville posiblemente él sería uno de sus aristócratas. Va mostrando las canciones de su último disco La misión del copiloto, con ecos de Brasil, parecidos razonables con Cohen y Cash y solventes melodías: algo (las parte musical) que suele flaquear en la canción de autor, demasiado obcecada en los textos y la exhibición de bolígrafo. Con su aire de señor despistado, Bustamante funciona como un golpe de aire fresco, y pone en contextos fenómenos como el de María Rodes, o Nacho Vegas, que han colaborado con él y cuyos nombres suenan esta noche.

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