El Hombre Viento

Del Amor y otras Historias (2019)

Una mañana me levanté pensando que los tiempos requerían épica, que la lírica ni nos llevó ni nos iba a llevar a ninguna parte. O, una mañana me levanté. Una mañana más. Entonces (después de un poco de mañana) puse Del Amor y otras Historias, el nuevo disco de El Hombre Viento, y me encontré escuchando su primer corte, Se lo Llevaron Todo, una canción política, pero y sobre todo, orgullosamente lírica. Una lectura política del presente bélico, del seguro desfile del capitalismo triunfante en el que la batalla es el desahucio, la derrota la miseria, y el consuelo es lo que queda, lo que todavía no puede acotarse ni venderse: un atardecer, los sentimientos; la lírica, de manos de la política, de manos de lo personal: después de las derrotas, cantada en primera persona y entonada como un himno miliciano en medio del campo de la muerte. Hay muchas derrotas que digerir y vamos a necesitar bálsamos como el de este texto, para volver a ponernos en pie. Frescos con la escala, la sencillez y la parquedad necesarios. Con la convicción gigante de Diego Rivera y la potencia narrativa del desierto jordano de David Lean. Las bases secas y vibrantes, los scratches de ecos de voces no inteligibles (¿fantasmas?) y un solo de violín hecho con rabia satánica, queda hecha la canción. Y nos quedamos en ese desierto en el que, parece, no queda espacio para otra cosa que la derrota, es donde la dignidad tiene que pasar los días que pueda resistir. 

Después de un exceso tal, parece que no puede quedar mucho más que encontrar en ese disco/carrera/páramo. Pero Del Amor y Otras Historias continua caminando tema a tema sobre el mismo foco: el detalle. La sociedad de las redes, la suciedad del contacto, el demonio el gluten y el fin de la humanidad, dibujados con un gesto tan olvidado como dar la mano, a ritmo de folk, funk y jazz. La prevalencia de la naturaleza como mapa para cualquier vida (la luna perdida en una charca, testigo indiferente de nuestra grandiosa y solitaria vida de mierda, atrapada en los charcos de una metrópoli colosal, la más grande de todas), concebida al son de las percusiones, dibujando con ritmo, impasible e incitador, y un relato de confusión, de serenidad perdida, de soledad noctámbula, con cita cinéfila del Moonlight de Barry Jenkins. La añoranza y el llanto, el recuerdo físico de la pérdida debajo del estruendo (que una vez más nos ignora, demasiado grande para tenernos en cuenta) de una tormenta de verano, y un coqueteo muy sui géneris con el trap y (tal vez) el trip-hop; y, finalmente, el deseo, el sexo, de nuevo en el camino de la electrónica, la pieza musicalmente más extraña de todas, y una metáfora fálica y brutalista pero dulce, basada en la imagen de la labranza, como cierre de un viaje que pasa del fresco de la batalla recién resuelta a una gota de semen sobre la tierra seca, sobre la amante perdida, sobre la Esposa Naturaleza. 

Esos son los cinco primeros temas: cinco pequeños dibujos que van de lo épico a lo lírico, de una manera que es la de El Hombre Viento (y que, así de inconcreta, podria definir toda su obra musical y los textos que contiene). Cinco carboncillos que narran episodios dispersos, bocetan ideas o muestran instantes: cinco piezas de grandeza inmortal y precaria que a la vez, que definen su forma de ver la realidad de: la llamada de la soledad, un espíritu gruñón y eremita que parece anhelar y renegar del bullicioso Viernes y que contempla con desdén los giros del tiempo presente.

Es extraño como la aparición de Arziniega, a la mitad del disco, crea una especie de antes/después en la narración, abriendo un segundo acto de textos más íntimos y personales que nos va a contar la historia de una caída (y que cerrarían un círculo que arrancaría, de nuevo en Se lo Llevaron Todo). Las colaboraciones en el rap suelen funcionar por afinidades prácticas, que dejan la coherencia de lo que se ha grabado para después, pero parece que El Hombre Viento ha entendido que Arziniega podía crear esa inflexión, con sus versos rudos (su manera ruda de rapearlos) y existencialistas, hacia lo que viene después, y que ha sabido ponerlo a correr hacia el lugar preciso.

Correr. Otra de esas pequeñeces que definen la forma práctica y mágica de entender que la pieza que falta en el propio rompecabezas, la tiene otro. Arziniega ya se mimetizaba en el folk de ultramar de su anterior disco, y en este trabajo su aportación cae a plomo sobre la melancolía terrena de los pequeños frescos de El Hombre Viento, pero aquí, con su forma de recitar apresurada y seca casi parece estar intencionadamente rompiendo la serenidad flotante del disco. Incluso su sonoridad, basada en una secuencia de piano que se disuelve en una base que circula entre el folk y el jazz, quizás (ojalá acierte) con la vista puesta en la tristeza dejada y compleja de Portishead.

Paul Bunyan es el leñador gigante. El ego masculino. Tal vez, una auto-parodia. Abre como un nuevo comienzo, como la cara B, Capitulo primero. La edad de la confianza, el tiempo de las maravillas, el mundo desde los hombros de un gigante de camisa de cuadros que todo lo alcanza y todo lo tiene, mientras danza al ritmo de las guitarras, los violines y los cueros. Y aunque parezca desde fuera eso, una parodia, suena tan dichoso como podemos recordar, tan hermoso como se ve el Noé de Aronofsky. La voz distorsionada podría ser así para representar una otredad, una casualidad, un disfraz, un gigante cabezón que baila sin saber para qué.

Tres suena a canto de la plenitud, pero acompañada. La pareja. 3000 Días, su final. Canciones gemelas, rítmicamente muy similares (el número 3 de los títulos parece reforzar esa conexión) y con un sonido relativamente parecido: basado en los bajos y los bombos la primera, en el bajo y el piano la segunda. Quizás el matiz está en que la primera está escrita de forma coral por tres personas y establece con la química de los tres intérpretes (creo que sobre todo, la de la brillante Rocío Barig) la sensación del amor en su estado de euforia y seguridad: la base es lo bastante seca para no estorbar esa plenitud; y, la segunda, es capaz de recrear las sensaciones de un fin de ciclo sentimental sin reproches, dándole un giro conceptual al bolero clásico (en el que guste o no, se apoyan todos los raperos que hablan de desamor) que merece la pena escuchar con calma: la línea de bajo es una rareza en el disco y los platos arañando al fondo, el conjunto que la hacen tan peculiar y anticuada.

(Y ya tenemos la historia: el amor que derribó al gigante bobo).

Dos canciones sobre el sexo (¿el sexo desubicado de los separados?), una dedicada a su perro y su forma de lidiar con el dolor, la orfandad, el deseo y el extraño vertedero que es el mundo, y que se identifica inmediatamente con el hombre que lo acompaña. Y, otra, a los amoríos noctámbulos, que casi pudiera ser una recreación del género del amor fugaz que nos hemos comido los que tenemos cierta edad y hemos vivido la era dorada de la música ligera, con una carga lírica similar, y un noctambulismo que habla de heridas curando y tenebrosos lugares de caza iluminados con el amarillo de las ciudades y el azul de la luna, sonorizados con una trompeta.

Y, finalmente el cierre en desolación. El reverso de la batalla, el corazón roto y de nuevo el desierto, esta vez el personal: la soledad. Estructuralmente es muy parecida a Correr: un piano dando entrada a lo tenebroso y una secuencia de Beats para crear el espacio narrativo, basado en repetir «ya no queda nada» como letanía contrapuesta a la del piano. Después, silencio.

La estructuras circulares con que ha ordenado las canciones, creando dos momentos de desolación expandidos en vitalismo convierten este disco en una experiencia dulci-agria, o casi triste. Una suerte de reverso/epílogo para el anterior. Correr sin duda marca el compás y nos lleva, en círculos, a la misma ruta de alegrías, decepciones, injusticias, deseos y naturaleza, en una suerte de reiteración que, posiblemente, termine con la muerte.

La electrónica, algo de jazz, algo de folk, y un sonido mimado y sutil construyen el sonido de todo el periplo que hay en este disco. Quizas las distorsiones vocales sean la novedad más llamativa. Sobre todo porque algunos temas están en la línea fronteriza del trap, ese género del que todos hablan, del que todos reniegan, pero que podría estar aportando una buena dosis de novedades a la música contemporánea, de la que no somos conscientes. Sobre todo, crear unas texturas capaces de acoger el relato introspectivo y la irrupción de los sentimientos en esa parcela de la música electrónica llamada rap.

El Hombre Viento podría ser el hombre perplejo. Minucioso y desencantado, ha conseguido crear su propio lenguaje y hacer que las canciones suenen justas, talladas para su texto, para ese, para ningún otro. Es más, después de haber fabricado lo que debiera ser su obra cumbre, 12 Canciones Casi Alegres, este disco casi parecía innecesario, e incluso llegó a plantearse dejar su carrera musical y ocuparse de otras cosas: pero ahí están la forma, el contenido, perfectos, nuevos, brillantes, vibrante y emotivo como los anteriores, con los mismos rasgos, los mismos ademanes, los mismos gestos. Igual a sus hermanos, pero perfecto en su forma de dibujar el eco de la vida, de anudar otro tonto apremio de apremios en la garganta. Otra mañana, queremos seguir vivos, queremos hacer un disco, queremos repetir la misma faena porque quizás, lo próximo no se pueda tocar. Bendita rutina.

Si quieres contar algo...

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.