Veranos de la Villa 2018: Ólafur Arnalds, Madrid, 12 de julio.

El truco, William Potter, es empezar en Do. Un juego de Dodos que abre un concierto capaz de remover emociones con poco. Y de llevarlas a algunos lugares extraños con un poco más. Ólafur Arnalds y su conjunto operan con una sincronía discreta, a veces casi susurrante, y sólo los sonidos de los móviles, inhumanos como sus dueños, se atreven a interponerse entre la magia y un auditorio repleto de gente en silencio. Las percusiones podrían ser la otra trampa, el camino de baldosas amarillas que lleve a las inocentes Doroteas Dodoteas hasta la casa del mayor de los tramposos, Oz. Pero la noche está quedando bonita y ese silencio que sólo rompen los músicos (hasta las chicharras han callado) merecen el truco, la trampa y el paseo por el río. Un solo de violín apasionado, unas notas tristes hasta el nudo en la garganta (y las mejillas bien mojadas) y una noche que pudo terminar frustrada por exceso de aforo, y que tal vez sea una de las mejores de este verano tan raro como los dos últimos veranos: perdidos en destellos y emociones disparadas, en adioses, revanchas y malos entendidos. Olvidables salvo por cicatrices que, tal vez, sean tan bellas, tan provocadoras, como la delicadeza de las piezas de Ólafur, como el eco de este concierto cuando aquí quede solo oscuridad, o algunas estrellas.

Si quieres contar algo...

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.