Cenzontle.

Cenzontle. Jacaranda (2019)

Lisboa, siempre Lisboa. Ese lugar donde nos perdemos para poder encontrarnos: o para culminarnos y morir en paz. Lisboa en mi imaginación es la carta/monólogo de Najwa Nimri en el final de Piedras (https://youtu.be/6SYYgIrFFjI), y Cenzontle (Glowstone) ha reproducido esa sensación de nacimiento, incertidumbre y plenitud en una de las canciones de su nuevo disco, con su nuevo nombre, en su nueva ciudad: Bússola, Jacaranda, Lisboa, una chica explicando que somos nuestro hogar, y que es tan fácil hacer amigos como llamar a la puerta de un vecino. Todo parece así de fácil escuchando este disco, posiblemente más optimista que atormentado, más poderoso que complejo. Jorge Hernández, el nombre detrás de los pájaros, abandonó la cáscara de Glowstone publicando una suerte de canto del cisne musical, Träumerei (https://glowstonesuena.bandcamp.com/album/tr-umerei-2017), en 2017, y ha aparecido en Lisboa, donde se ha mudado recientemente, para iniciar una ruta nueva. De la cual Jacaranda, es su primer canto/fruto/consecuencia.

Cenzontle -me, nos- ha descubierto que hasta con sus canciones graves y su melancolía gigante (como lo es un arco del Triunfo), se puede bailar. O dicho de otro modo, que él puede bailar, a pesar de los amaneceres y de la brújula desorientada. Que se puede bailar acompañado de la luz del sol y la brisa del mar, por el simple impulso de hacerlo. Que el camino, es mejor hacerlo bailando.

Jacaranda es un disco optimista y ligero. El resultado de tirar las maletas y comenzar un camino nuevo, sin pesos. Un disco que suena a él, en cualquiera de sus alias, pero que no tiene la gravedad, la inmensidad -por ejemplo- de Träumerei. Ha sabido preservar su identidad como músico, eliminando todo menos la esencia. Y ha creado un trabajo tan bueno como sus primos (más o menos lejanos); un reinicio hermoso y accesible, que, a estas alturas, podría ser la vía de entrada a la delicada, rica imaginación musical y literaria de su autor.

生き甲斐 (Ikigai) https://en.wikipedia.org/wiki/Ikigai. Razón de ser, reason of being: valores, creencias, estado mental- es la canción que abre el disco. Cantada en francés y portugués, con un sonido que recuerda al de Beirut, viene a describir el estado de cicatrización, el instante en que nos vemos capaces de elegir entre seguir encerrados en una mala racha o intentar avanzar y salir de nuestro cuerpo, para hacerlo moverse y sanar.

La canción tiene esa doble idea, de tristeza y optimismo. Las guitarras abren con un color amarillo de día soleado y se repliegan en una especie de melancolía que el arreglo de voz y vientos (que es el que me arrastró a los Beirut) y vuelve después a sonreír, manteniendo la canción en una especie de conflicto entre las ganas de correr por el parque y las de quedarse en casa mirando al techo con los ojos picajosos, ignorando los toques de piano, que aporrean el muro de la canción como pájaros desde los árboles de la calle.

Sumire said es una de mis canciones favoritas de Jacaranda. Mejor dicho, es la canción que más me sorprendió durante la primera escucha, la que me dio algunas claves para entender el disco (y para dejar de entenderlo, cuando las claves se diluyeron).

El cambio más evidente en el sonido de Cenzontle respecto a lo que conocemos de Jorge es la irrupción de lo eléctrico (no lo electrónico, ojo). De la guitarra eléctrica, concretamente, pero también de las distorsiones, y de algo que podríamos llamar «noise». La explosión emocional que hay en esta canción está hecha con guitarra eléctrica y, aparte de lo buena que es, para mí fue una sorpresa escucharla y disfrutar de una euforia rockera después de la larga introducción, casi hija del Trip-Hop. Y aunque el primer instinto es sacar de la chistera al trío de Bristol, en realidad pensaba en esta canción: https://youtu.be/tqCNmaknM9c

A pesar de todo se trata de una canción muy simple, con una estructura similar a la de la electrónica de baile: creación de un clímax a partir de la adicción de ingredientes, y bullicio final, más un fragmento final de Bergman haciendo de moraleja o corona. Más adelante, escucharemos una segunda versión del mismo sonido, en Praça da Figueira y en Bússola.

Hasta aquí, Jacaranda es la crónica de una persona quebrada, y desorientada.

Fauces está hecha con una estructura espiral, con una parte declamada, a ritmo de rutina o simple run-rún, y otra cantada, en un grito medido, que desciende hacia una tercera que pudiera ser, con ciertos matices, una vuelta a empezar. El personaje se llama tiempo y esa forma de verlo, llena de perplejidad y de pánico, es realmente original: asume la grandeza de un elemento que creemos pensado para perderse, y que estamos predestinados a no conocer, y lo convierte en un aliado, en la medida que, al entenderlo, asumimos nuestra impotencia (irrelevancia).

Pero Fauces invita a olvidar el vértigo de un viaje a lomos de un animal que ni siquiera conocemos. En la letanía y en la plegaria, susurrada o gritada, la idea es olvidar el miedo y notar la velocidad rozando las palmas de las manos. Y bailar.

El nocturno (*) es algo así como una improvisación pensada para acompañar una velada bajo las estrellas. Suave, discreta, bonita, debe ser una pieza que pueda alargarse, repetirse e ignorarse y a pesar de todo, decorar las conversaciones o las horas más largas sin que haga falta pedir algo distinto. El Nocturno para la última noche del mundo de Cenzontle cumple esta función tan bien, que cuesta trabajo entender la tristeza, que hay en su motivo.

Nocturno para la última noche del mundo es una nana para calmar el miedo, o para abrazar el instante aunque sea el último, del mundo o de uno mismo, que para el caso es lo mismo; o, una nota de suicidio, simple y machacona. En realidad, cualquier consuelo cuando nuestra mirada se cruza con la de la muerte es, técnicamente, una nota de suicidio, voluntario o no.

La melancolía risueña del pasaje de Juan Rulfo y el texto que añade el propio Jorge son el paraje perfecto para esta pequeña serenata invernal, que explica como la primavera es más luminosa, más cálida y más picante a los sentidos, sobre todo cuando se recuerda la última primavera que nos tocó vivir (es posible que en ese último instante, todas las primaveras sean la misma primavera). Jacaranda pudiera ser, sin demasiados complejos, el sonsonete de la última noche del Titanic, desapareciendo en un estruendo minúsculo bajo las estrellas y el viento gélido del norte.

(Que Fauces y el Nocturno son dos caras de lo mismo, es casi obvio a estas alturas).

(*) La denominación «nocturno» se le daba, en una primera instancia, en el siglo XVIII, a una pieza tocada a momentos, generalmente en fiestas de noche y después dejadas a un lado. Algunas veces llevaba consigo el equivalente italiano, notturno, con trabajos como el Notturno en D para cuatro orchestras, K.286, y la Serenata Notturna, K. 239, de Mozart. En aquella época, estas piezas no eran necesariamente inspiradas o evocadoras de la noche, sino que habían sido escritas para que se tocaran de noche, como sucede con las serenatas.
https://es.wikipedia.org/wiki/Nocturno

Flor seca entra las páginas de un libro tiene una serie de elementos de distorsión que parecen darle entrada a un sonido afín a la electrónica. Aunque son más bien efectos, una atmósfera que se superpone, surreal e inquietante, al motivo de la canción: la pervivencia del recuerdo cuando está relacionado con el amor, o dicho de otra manera, la testarudez de la memoria, cuya capacidad para fabular no parece importarnos demasiado como para cuestionarla, aunque se trate de una amiga caprichosa.

La inconcreción de los arreglos, que van hojeando capas de sonidos, de grabaciones de campo, crea una suerte de dibujo confuso que cierra con un audio de whatsapp, un poema recitado en ¿ruso?, que no entendemos y que nos fascina: el recuerdo, grabado en destacados, convirtiéndose en fábula y permaneciendo como una mentira más que nos sostiene mientras podemos avanzar. Quizás sea, de los temas de Jacaranda, el más cinemático, porque pretende contar algo muy concreto recorriendo círculos lo más alejados posible del asunto. Viajando.

Viajando, y aterrizando en la Praça da Figueira (https://goo.gl/maps/sJE14L8CaA4Y9NXg7). La sexta canción de Jacaranda es la consecuencia pop de la Flor seca. El punto, lejos del círculo, firmemente atado en ritmo y coros, con formas de Spoken Word y una estructura clara que lo convierten en potencial single (¿existe eso todavía?), con forma de juguete risueño, de hit dulce y evocador al que difícilmente nadie podría resistirse: pop, ruidismo, flow y calidez.

Y entonces parece que llega un descanso, con la delicada divagación que es el Arrullo en una semilla de Pitahaya, que contiene otra de las citas cinéfilas, Waking Life de Linklater: el sueño es el destino, nos cuenta, mientras una guitarra va creando una sensación de incomodidad y duermevela. Pero si, es una nana que deriva en sueño, un sueño en el que nos quedamos solos con Cezontle, en un bonito intermedio de intimidad.

(Me queda la sensación que estas cuatro canciones en realidad son la misma, o desarrollos, ecos de la misma, hecha desde diferentes lugares y reagrupadas, por casualidad o no: Debemos recordar que los lugares no son puntos en el espacio. Los lugares pueden ser puntos en el tiempo, en una emoción o en un sitio físico: el parque o la cocina, y es el tiempo el que las hilvana).

Jacaranda pudiera ser un bálsamo happy contra el neoliberalismo y la precariedad o una apología de la valentía y las conexiones como plano (caótico y torcidero) para viajar por la vida. Lógicamente es la consecuencia de la decisión que tomó Jorge, de marcharse de México y elegir destino en Lisboa. Por eso, Bússola suena a catálogo, a resumen, a justificación y sobre todo, es junto a Plaça da Figueira la otra gran puerta/hueco de entrada al disco, single en potencia y hit soñado, casi, casi, bailable.

El arreglo ronda la voz de Angie Salazar, que desarrolla la idea del viajero constante y que la guitarra que interpreta Jorge rompe, creando un clímax de coro y ritmo que parece un eco, afortunadísimo, de Glowstone: en sus discos era fácil hallar euforia en la paz. En la inquietud de este nuevo pájaro, también tenemos un lugar para entusiasmarnos. Quizás esta canción, más que ninguna otra que haya hecho, le deba un montón a Disintegration/Bloodflowers de The Cure. Al menos, en mi casa.

Con María Font o la isla contemplada desde otra isla parece una canción de despedida. Incluso, aunque se trate de decir adiós a algo que nunca sucedió -también es la fábula-tipo del amor imposible o imaginado-. Melancólica, incluso dolorosa, radicalmente orgánica (los coros, hechos de respiraciones y suspiros son fascinantes), es capaz de mezclar la tristeza con la lujuria de una forma diabólica. Las cuerdas crean el ritmo y esa saudade que desprende, y modifican el color del disco y paran la Jacaranda. La decisión de situarla justo detrás del instante más eufórico del trabajo pudiera ser discutible, pero sin duda es eficaz: colgado de cuerdas y suspiros, el oyente ya sabe qué son en movimiento y la añoranza, juntos.

De alguna manera Laika y la ciencia regresa a Jacaranda. Al chirrido de la tecnología y el barroquismo, pero en una nube de paz flotante; el texto de Ray Bradbury añade un toque de agonía, y es cierto que convierte la canción en un hilo musical para enfermos terminales. La canción es una melodía truncada que se diluye en un eco de sí misma; un toque de piano perdido en voces y líneas de bajo. Es muy fácil obsesionarse con ella.

Esta parte de Jacaranda parece estar dedicada a las despedidas: a la desaparición de los recuerdos, o a su permanencia en los repositorios de la memoria, por ejemplo en forma de canciones. Igual que en Flor seca entre las páginas de un libro, esta Tutto trema nell’acqua (A) regresa a la magdalena de Proust: las canciones/llaves/flechas catalizadoras, enterradas lejos de nuestra vista y aguardando el azar/descuido para reactivar la infección que atesoran. También aparece la imagen de los colmillos, los del tiempo, y los del protagonista (la bestia enamorada), los del vampiro o el licántropo, el lobo o el perro.

Y aunque la pieza repite referencias temáticas de varias partes del disco, su estructura y su sonoridad es muy parecida a la de Laika: el piano es rey y protagoniza el baile. Y el baile es punzante, y confuso: como todos los bailes que merecen la pena.

El axoloti, o ajolote es un anfibio exclusivo de la cuenca de México (donde está la capital, efectivamente) en grave peligro de extinción y un sintetizador de sonido (http://www.axoloti.com/) que puede usarse para muchísimas cosas. O sono do Axoloti es una nana que se transforma en cuento, que se vuelve pesadilla y que retorna a nana para niños inquietos. Es la canción del final, quizás la canción de la muerte o la canción de la calma mal disimulada: el despliegue de capas que va añadiendo (tanto melodías como instrumentos) forma una especie de apoteosis, un baile final que reúne toda la compañía y cierra el espectáculo entre ovaciones… y el sonido del músico pidiendo silencio.

Hay un par de citas, una muy obvia que es Paco de Lucía (https://youtu.be/0o8vszqVL2U), y que resulta sorprendente. Otra no tanto y seguramente sea casual, son los acordes del principios, tocados con guitarra acústica, y que sin quererlo, me lleva a otra canción completamente diferente: La llave del corazón (https://youtu.be/cOuzc0be6Gc), de Mercedes Ferrer.

Hay un bonus track, una versión instrumental de María Font (esa que describí más arriba como «canción de despedida»), desprovista de melancolía y de drama y que casi, funciona como canción de cuna para niños con fantasmas en la cabeza.

Y se terminó. Eso es el tiempo. Saltar al siguiente instante.

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