El Chojin.

Un Buen Club. Café la Palma. Madrid, 29 de enero. 2020.

Hay un punto de mentira en ser El Chojín siendo Chojin para medio centenar de invitados. Cierto toque de ficción en la forma que nos cuenta quién es el rapero. Bastante ingenio, como para crear una mentira/personaje creíble que dice mucho de su excelente mobiliario interior. Chojín ha aprendido a separar el personaje de sí mismo y ha conseguido fabricar un personaje que es persona. Un personaje que es una versión de él, y que ha crecido lo suficiente para moverse como un ser humano de verdad. Un sintético con alma. Un monigote que se queja de la vida y que parece mirarnos a los ojos, a nuestra altura, al que podemos dirigirnos como si fuera muestro colega.

La magia de Un Buen Club viene a ser esa. En cumplir una promesa, que es hacer un espectáculo basado en la proximidad, que efectivamente suena cercano y describe un personaje contradictorio, rutinario, especial y aburrido, alguien que podría ser nosotros, en el atasco, en el café asqueroso y el aburrimiento rutinario. Alguien capaz de exponerse y responder a la curiosidad de la audiencia, con una sonrisa y un punto de ilusión, auténtico y contagioso. Un Buen Club funciona si vamos con ganas de preguntar. Si creemos que vamos a conocer de verdad al tipo célebre que nos saluda al entrar. Funciona porque, aunque vayamos con el traje de escéptico, finalmente nos encontramos atrapados en el juego.

Y, al terminar, la persona que conocemos por Chojín puede salir a la calle y, aparte de los policías que le pedirán el DNI varias veces antes de llegar a casa, ninguno notaremos que está ahí: o, ese impulso fan, habrá quedado saciado después de haberlo tenido casi para nosotros solos, y sabremos dejarlo ir demandar atención.

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