Brisa Fenoy

Versiona Thyssen: Museo Nacional Thyssen Bornemisza. Madrid, 30 de noviembre de 2019.

Brisa Fenoy representaría una rebeldía dulce. Una cara amable que lanza cócteles molotov decorados con unicornios a las instalaciones del Sistema, allá donde estén. Puede parecer demasiadas cosas: genérica, blanda, bailable. Pero también suena sincera y, para mi gusto, demasiado centrada en el mensaje y poco en el relato. Los monólogos lisérgicos de Mala Rodríguez (iniciando comparación), a pesar de su desorden, tienen el encanto de la vomitona de mala baba de la que una sale saciada.

Mencionar a la Mala no es casual. La andaluza está transitando por unos caminos en los que Brisa Fenoy se muestra cómoda. Manteniendo una distancia de seguridad con las estrellas de trap patrio, pero llamando al dinero y el criterio de sus seguidores, esa masa indefinida que llamamos juventud (siempre igual, la juventud ama del dispendio).

De Fenoy se puede decir que piensa lo que dice. Para bien y para mal. Pero necesita cicatrices y crear un universo narrativo propio de que nos lleve sin necesidad de mítines al feminismo, al ecologismo y a la Revolución Happy. Mientras sonará como una chica aplicada (muy aplicada) terminando la tarea en cuadernos impolutos, pero como una cronista capaz de hacernos pensar en cosas, algunas dentro de la trayectoria de su intención, y otras sorprendentemente alejadas. Eso que suelo llamar magia.

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