Silvana Estrada

Madrid, Joy Eslava, 8 de noviembre de 2019.

La música de Silvana Estrada parece moverse con parsimonia y duda, en una dirección que no parece clara (quizás para ella lo esté), e igual mira al pop vocal, al soul o al flamenco -incluso-. Tal vez la raíz, eso que no queremos llamar tradición, sea el hilo conductor. Uno que va recorriendo el continente americano de norte a sur y que ella va intentando seguir un poco a su manera. Igual parece una sacerdotisa pidiendo fecundidad para la cosecha que una cantante pizpireta de baladitas de desamor, bisoñas. Igual es orgullosa y compleja que meliflua y cursi. Y en esa inconsistencia se siente cómoda y, además, hace que nos sintamos cómodos, incluso arrullados.

Y es esa confusión la que hace que conecte tan fácil con el desconcierto. Silvana Estrada hace canciones optimistas para tiempos de dolor. E invita a caminar por el sendero borrado de la certeza. Que la forma sea la de la canción de feriante y guitarra ruinosa, amistoso con la autoridad y cómodo al poder (aunque ajeno al mismo), que elija a Violeta Parra como propuesta de recorrido para sus seguidores no importa demasiado. La materia prima es la que es y sus manos sin capaces de crear figuritas simples, conmovedoras, ciertas y a veces, punzantes.

Pero la Silvana de mañana es quien nos explicará dónde terminaba su viaje despistado. Y los fans premium andaremos pavoneándonos, como cuando descubrimos a Amaral antes que la radio-fórmula. O quizás olvidemos esta enésima ola que cambió durante unos instantes la configuración del suelo que pisamos, sustituida por el siguiente cantante de talento indiscutible.

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