Martínez

Grandes Éxitos (2019)

El grito de nadie: los éxitos de otros. Ni Dios, los conoce. Un muro de ruido se interpone entre el bajo del segundo corte del disco de Martínez y la gloria. La apología del derrotado y la certeza del fracaso como medio de existencia parecen el leit-motiv del disco debut de una banda de Barcelona que parece haber nacido para el anonimato, y deciden celebrarlo con brochazos de color.

Todo empieza en la normalidad. Algunas florituras psicodélicas, con trazos justos y sobrios. Y unas letras que parecen crónicas soñadas sobre el aburguesamiento y el temible camino de la aventura, sobre la verja/trampa del fracaso y en definitiva, el horizonte de la irrelevancia. Optimismo para perdedores y ese «bajen los equidistantes» que es un aviso de megafonía genial.

Pero cambiamos de tema y suena un amanecer desquiciado, que parece una rumba y se transforma en rock de carretera, que habla del deseo y de la soledad de madrugada, con sus malas decisiones y sus hígados quejosos, y se transforma en un exorcismo del revés. Esta, es la canción que retumba como el golpe en la mesa: No nos conoce ni Dios se llama, y fue el primer single.

Martínez no tienen miedo al fracaso -al descarrilamiento- porque han abrazado su parodia como una de sus fijaciones. Pero ese cinismo no es una virtud, o mejor dicho, está eclipsado por otras mayores: su manera arbitraria e irónica de entender el tiempo, creando narraciones que igual son retratos impresionistas de brocha apresurada, o una fabulación del futuro, de los próximos 20 años, con la carrera finiquitada y el balance sobre la estantería de novedades.

Y, también son capaces de tocar una infinita variedad de máscaras de estilo, con unos medios parcos, jugando con el desconcierto, con la rumba, con lo jamaicano, el pop y el rock duro, incluso ese alma negra que los blancos nunca tendremos, y parecer que no salieron en ningún momento de un camino pre-establecido: la ruta colorida del Rock, leída en un plano del revés, que ellos mismos pintarrajearon y sabotearon a voluntad, y quizás con los ojos vendados.

Como buenos amantes de la psicodelia (que se oye y se disfruta) saben que el viaje debe ser sonoro. Que las letras alucinadas son el eco de los pasos por un camino eminentemente musical. Y saben levantar a través de cielos morados pequeños, ostentosos, frágiles y coloridos globos con muchos pedazos de tela y algo de trabajo de costura, de mimo y de labores sencillas. Si hay alguien capaz de sobrevolar los huertos más difíciles y salir riendo después de un par de adivinanzas crípticas, es Mercedes Ferrer. Y he visto la sombra de la madrileña escuchando el disco de Martínez. Quizás su plano de mentira me haya confundido.

Si quieres contar algo...

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.