Coffee & Wine

Coffee & Wine con A Singer of Songs en Madrid. Sala Galileo, 3 de octubre de 2019.

Posiblemente, porque la sabiduría suele ser un espejismo que nos lleva siempre al siguiente oasis, la madurez llega al punto de pánico cuando nos vemos reflejados en nuestros padres. A Singer of Songs ha escrito un disco titulado Portraits, para hablar de los demás y reconstruir -casi seguro- su propio rostro en las piezas de los rostros de otros.

Sus padres ocupan el primer lugar y el relato de cómo sucedió me ha emocionado. Estos días, cierto, me arrebato con facilidad pero ese escalofrío me ha llevado a pensar, uno, que él, y yo, estamos en el cenit de nuestro pánico a envejecer y dos, que él, y yo, estábamos usando a nuestros padres (pobres) para contemplarnos mejor. O quizás yo, nada más.

Hoy Lieven Scheerlinck / the Singer of Songs, está desgranando sus retratos, sobre personas cercanas y algún tipo misterioso al que nunca conoció. Con la voz perjudicada, crea un tono bronco, pero no rompe la musicalidad amable, entrañable de su manera de cantar y de dibujar. La palabra correcta anda entre afecto y cariño: una mezcla de amor por el detalle y ejecución delicada que deja canciones tiernas y hermosas, bien pertrechadas y con un agradable aroma a mueble de madera nuevo. Ese que seguro ni yo ni nadie en lo que queda de la civilización occidental, realmente conoce. Y esa es la gracia.

A Singer of Songs. Sala Galileo, Madrid. 4 de octubre de 2019.

Mientras tiraba fotos e incubaba una gripe pensaba que Coffee & Wine nunca habían hecho honor a un nombre tan crudo y amargo hasta esta noche, que están sonando más tristes, y quizás lentos, que nunca. Pero las imágenes que mi memoria suele hacerse de determinadas bandas, se que por experiencia suele ser una suerte de alucinación. Del grupo de Ana Franco siempre he recordado la dulzura y la calidad de las canciones. Y están aquí presentes. Pero hay un poso de tristeza, de penas ahogadas en vino y resacas levantadas en café que no recordaba, y que parecen completar el obvio acertijo que hay detrás de un nombre que, en sí, es alegre y… fuerte.

La virtud primordial de Ana, pienso, es que puede embarcarse en versiones más surreales y oscuras del folk sin perder el encanto. Algo que sólo he escuchado con competencia en Ben Howard. Pero también puede tocar como los clásicos y hacer palidecer a Chris Isaak. O mejor: levantar el fresco de la primavera como si la mismísima Joan Báez hubiera irrumpido en la sala. Y no, no creo que se trate de arrobarnos y repartir cuchillas para el suicidio: se trata de encontrarle el gusto a ese sabor amargo que dejan en la memoria el café y el vino: las esencias de lo bueno y lo malo que nos reserva la existencia, igual que ella, y sus canciones, que en resumen, hablan de eso: del hecho absurdo, mágico, doloroso, estupendo, de estar vivos.

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