Fino Oyonarte

Café la Palma. Madrid, 21 de septiembre de 2019.

Oyonarte no hace nada nuevo pero lo hace bien. Muy bien. Coqueteando con el pop desde un folk hijo de Cohen, de Dylan o Joel, sabe escribir textos emocionantes, sobre estribillos bien hechos. Historias o sensaciones, optimistas o melancólicos, que pueden levantar o hundir una mañana. Música para vestir la realidad, para caminar la ciudad y llegar con algo de sal al trabajo. Música utilitaria (no es un menosprecio) y bonita, que merece la pena poseer, igual que se guardan los pantalones del domingo en un lugar especial para poder vestirlos como merecen.

Música que, además, funciona en formato voz y guitarra. Fino Oyonarte sabe acompañarse bien, por cierto. Hace que las canciones, aparte de tener toque, suenen relativamente densas, potentes y sonoras. Acompañado de un clarinetista abre una puerta a imaginarlo con banda. Y sospecho, a pesar de todo, que no necesita mucha ayuda para levantar una velada. No, al menos en locales de formato pequeño.

El ha colocado a Lou Reed en la paleta de influencias, con una versión de Satellite of Love y ciertamente, es el más obvio de todos. Aunque la cara pop de su música se sale de ese traje y camina por su cuenta, de la mano de los felices ochenta. Fino, el insufrible optimista, invita a la primavera, y mientras tenga canciones bonitas guardadas en su bolsillo, a la primavera nos llevará.

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