Billy Bob Dillon: Y más allá, monstruos (2017).

Billy Bob Dillon han hecho con este su primer, y así es, último disco, un debut y canto de cisne que resume todas las posibilidades que tenían juntos. Que debemos aceptar como celebración y despedida, y que, pasando a lo concreto, juega con la idea de una banda sonora hipotética para una película sobre el apocalipsis cotidiano, dentro de la literatura de quiosco, la ciencia-ficción y los librillos de super-héroes, pero también con una lectura urbana o metafísica que habla de la soledad, y sus estruendos, y con la ficción de la seguridad. Quién pone nombre a los huracanes precisamente podría ser una mera burla, o una advertencia. Un retrato de esos -hipotéticos- monstruos que sentimos tan ajenos y que, inadvertidamente, se van acercando pasito a pasito en dirección a nuestras endebles viviendas, en las que solemos invertir nuestro esfuerzo, nuestros ahorros y nuestras fatuas esperanzas. La canción en sí misma tiene dos partes (separadas por tres notas, repetidas dos veces), una que suena a advertencia y otra que suena a noticiero; o, oscuridad y a flashes y explosiones. A presagios y fiesta de la sangre. Recuerdan a esos agoreros que nunca sabemos si celebran o lloran el tener tanta razón. Pero se escucha con la calma/valentía del melancólico, que aceptó desde el principio, el final.

Mis manos están encogiendo trae el monstruo a casa. La aproximación al blues, aromatizado con toques de Trip-Hop o folk oscuro, le da un tono sensual, inquietante, o, también, aterrador. Una extraña combinación que puede convertirse en un viaje o en una odisea y que, posiblemente por mera compasión, quiero suponer, han preferido abreviar lo suficiente para acotarla dentro de las dimensiones de una miniatura: la del día de los monstruos, en un pequeño aquelarre barroco, dentro de una cajita que nunca, nunca, debemos abrir.

Camino a casa es en esencia una canción de carretera, quizás pensada para los viajes nocturnos, que convierte la dulzura de una pequeñez tocada a la guitarra en una travesía pesada y agobiante de la que salimos agotados y sucios, aburridos de oír la letanía de la radio, o quizás aliviados de escuchar una voz. Casi, a pesar de su cadencia de marcha/himno fúnebre, suena como la deformación de una balada country; en los momentos de delirio casi me imagino un clip de chicos y chicas con botas, vaqueros y refulgente salud campesina, bailando como muñecos escasos de batería. Su virtud es saber mantener durante 7 minutos un equilibrio rarísimo entre la luminosidad y el pesimismo: entre esa presencia oscura y poderosa de la secuencia tocada con guitarra y ese murmullo, que casi podría pasar inadvertido, de los teclados, como una sonrisa difuminada en un fresco noctámbulo que se impone con demasiada facilidad.

Esta última y Campo abierto podrían ser el documento de identidad de este disco, en la medida que juegan con el Apocalipsis o con los futuros distópicos, con la ciencia-ficción y cierta mitomanía. Si la estructura favorita de las canciones de este disco es la de espejo, con dos partes opuestas o complementarias, en este caso, parece que han elegido dos canciones para hablar del viaje y de la llegada (o el atardecer y la madrugada, como estados de ánimo y motivos argumentales) y contar exactamente la misma historia de oscuridad, de humo, de soledad y pasajes vacíos. Quizás en esta segunda versión vemos neones y mutantes hijos de un desastre nuclear, pero la esencia, esa mirada cansada e indiferente detrás del cristal de un coche en marcha, es idéntica, aunque esta mitad de la historia, la real o la del reflejo, salpica drama, rabia y Rock, lejos ya de ese optimista (por decir algo) folk de su gemela solar.

Hay que insistir, ellos conciben este disco como una banda sonora. Las etiquetas de su Bandcamp nos hablan de Post-rock (el padre, psicodelia (el escenario) y cine (el contenido). En definitiva esa película que están musicando podría existir o crearse en la cabeza de cada oyente, guiado por la miga que ellos, los Dillon, van dejando caer y lo que han compuesto, no es más que una apelación a nuestra imaginación, de la mano de su música.

A modo de anécdota, durante una de las tardes que duró la redacción de esta reseña, comenzó a sonar una canción en mi reproductor (modo aleatorio, miles de canciones), y pensé, “que casualidad, justo el disco de los Billy suena cuando lo necesito”. Sorpresa. Era Over, de Portishead. Y, la canción que debía sonar, era Fuego que aunque al principio pudiera tener esa cadencia tenebrosa y sofisticada de los de Bristol, suena más a un homenaje a Bloodflowers y a esa etapa en la que The Cure arrasaron a caballo de una mística de la oscuridad que ha dejado una senda de hijos, clones y derivados realmente apabullante (muy aburrida también). La estructura de esta pieza, que va cambiando de cara como una colección de muñecas rusas, pasa de una oscuridad sofisticada a un optimismo relativo: los arreglos incluyen coros, percusiones, y parece querer crear un desconcertante giro argumental al disco. El sonido tiene una calidez hogareña, que me hace pensar si ese “fuego” no es el de la destrucción en realidad, sino el de la cotidianidad. La llegada a casa que la, también breve y también envenenada (esta vez de optimismo y de un halo de temor) breve pieza sin nombre que incluyen después, viene a rubricar con su sonido cándido esa secuencia de comodidad y manteles de cuadros rojos y blancos.

Y sin embargo hay que tener mucho cuidado con este disco-camaleón. Portishead ha tintado de negro Fuego, y la presencia brevísima de (…) es si cabe más desconcertante. El fuego del hogar crepita con rabia, con una sensación de claustrofobia reconfortante, masoquista. Nada es simple, nada es de verdad; tal vez nada, salvo los monstruos.

Ventanales suena igual de gris, igual de cristalina que su título. No sé si ellos imaginaron lluvia detrás de esas ventanas a las que se refiere la canción, si pensaron en un personaje mirando a través de esos cristales y fabulando mientras las gotas resbalan por el cristal o si sencillamente contemplamos un atardecer, del naranja al rojo, del rojo al negro, un horizonte que pudiera ser el de todas las tardes o el de un lejano campo de batalla parpadeando el sonido de la derrota. La canción va creando una suerte de juego entre la tensión y la distensión que bien pudiera ser el retrato de la duda, de la agonía, de una suerte de balanceo entre la ansiedad y la apatía. De todas, esta es la parte más introspectiva del disco, y a su manera la menos objetiva, puesto que el paisaje que dibuja es más emocional. Es un retrato cruel (por quirúrgico) del desconcierto que es curioso, se escucha con ese balanceo de los melancólicos al que me refería al principio y que sí: se refiere a la película de Trier.

Bloque negro juguetea con el folk; lo escucho como una ranchera o como eso que llaman música fronteriza, al menos la primera parte: la llegada de las voces (orientales, eclesiales, místicas) y de las distorsiones convierten la canción en un sofisticado despliegue de noise sicodélico, que dibuja una línea gruesa y potente, y dada paso a la segunda parte, asfixiante, (¿urbana?), y hasta este punto de las escucha, la que mejor funciona dentro de los esquemas del Post-rock. Incluso en los arrabales del metal, si nos queremos poner flamencos. 12 minutos que nos llevan de una primavera casi pastoril a una autopista negra e inhóspita en un atasco bajo una tormenta. Que empieza con una contención emocionante, florece en psicodelia y naves espaciales recorriendo un cielo negro y estalla en una guerra de sonidos espectacular. El agua, al final, igual puede ser el eco de una pesadilla ya superada o el ruido de una lluvia incesante, que escuchamos dentro de nuestro coche.

Ese juego entre el viaje y el hogar, el atasco y las habitaciones cerradas, la claustrofobia y la titánica amenaza de la naturaleza (sus monstruos) funcionan como una paradoja y convierten Y más allá, monstruos en un canto a la vida cínico y preciso, incierto y metamórfico: con tantos peros como agradecimiento, con miedo y ganas. El agua, ese agua que parecía un final quizás sea el camino del comienzo. El bautismo y el primer día de una vida más simple, una vida de monstruo.



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