Sweet Barrio en la Galileo. Madrid, 31 de agosto de 2018.

Hoy era un mal día para cantarle a los desamores. En toda la cara. Es posible que no se haya actuado con tal libertad y descaro desde que aparecieron Pastora, contando las desventuras y los tacones rotos de una mujer demasiado rara por Barcelona. Ahora le llega el turno a Usera, a la ropa de Adidas, a las chonis finas y a un cóctel que si desconcierta, es porque no lo merecemos.

Sweet Barrio son la Buika del futuro. Descarados, divertidos, vulgares, ingeniosos, ricos, simples. Y, sobre todo son emocionantes. Me estoy emocionando mientras escribo esto. Lo prometo. En tiempos de apropiación cultural, me temo que ellos son de los que lo hacen y además, practican el alunizaje cultural. Acaban de recuperar a Remedios Amaya, vestida de azul, descalza y derrotada, en una versión afiladisima de su barca.

Esa historia del patio donde ensayan podría ser no sólo cierta sino casi exacta. He estado en uno de esos patios y creo que por su culpa, a medias, estoy enganchado a ese lugar. Hoy más que nunca. Y tal vez regrese con su disco en la mochila, a verlas venir. Aunque sea de vacaciones porque de mi Tetuán no me sacáis.

Mientras ellos siguen pensando, haciendo jaleos, y encendiendo bombillas nuevas en los viejos barrios. Las del ingenio y la espontaneidad. Las de la dignidad y el color. Las del estar bien y necesitar lo justo para ello. ¡Pero estábamos en un concierto! El del día que me tropecé con Sweet Barrio . Incluso aunque al final, se trate de una impostura, de un decorado, de un juego, juegan con alfileres de verdad. Y llegan al nervio.

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