Javier Franco en Café la Palma. Madrid, 7 de julio de 2018

Hay una melancolía suplicante, tan cercana a los boleros intoxicados de Tequila, que hacen de Javier Franco un tipo realmente especial. Que sea un intérprete nervioso y arritmico, que su carisma ande más cerca de su forma de cantar que de su torpeza de muchacho nervioso (como si fuera la primera vez), importa poco. A veces, alguna de sus canciones rompe cualquier plantilla y se clava entre la uña y la carne sin piedad. Su repertorio es una pelea entre el tópico de la canción de autor y la poesía desgarradora, y posiblemente esta última, por desbordamiento, ganará la batalla. Podríamos estar delante de alguien con la solidez lírica de Aute y, esta vez, quizás, de verdad. O, tal vez, la felicidad y Silvio Rodríguez lo echen a perder.

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