Veranos de la Villa 2018: Alba Molina, Parque Forestal de Entrevías, Madrid, 4 de julio.

Todo es de color. Probablemente, detrás del prisma de las lágrimas, que son en definitiva las que nos permiten ver y (de paso) mirar. Lágrimas, que Alba Molina parece llevar en el fondo de su hatillo, y que reparte, endulzadas de emoción, al cantar. Su voz ronca y rota (su voz de anciana, ronca y sabia, dentro de esa suavidad con que se mueve) en directo hace un daño que no esperas. Ella canta con respeto a su padre, pero no sabe que no se trata de legado sino de abrir las heridas y hurgarnos las vísceras, y caminando a su lado (a lomos de gigantes, otra vez, y siempre) se hace grande, como un destello de luz dentro de la sombra inmensa del mito. De casta viene la galga. Y de saber. Y de tener entrañas. Alba tiene voz de cantante grande, centrada en detalles pequeños (Manuel Molina era un escritor grande, fascinado de metáforas pequeñas): el azahar, unos ojos, un instante. Todos ellos capaces de borrar el Universo. El detalle, el demonio, Manuel, una canción, un reflejo de agua en la mirada. Esta noche estaré un poco más triste, probablemente, pero las cosas, quizás, regresen al lugar donde los duendes las habían robado. Porque al final, todo es de color. Ella, que no sabe explicarnos qué es eso que nos mueve, sabe cantarlo. Yo, que no sé explicar qué está cantando, entiendo ese suelo de clavos que piso, una tortura pequeña, breve, fugaz y que echaré de menos cuando hayan terminado de llorarme.

Si quieres contar algo...

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.