Laurel Halo y Eli Keszler en Madrid. Sala 0, Son EG, 16 de junio de 2018

Keszler crea una música saturada y claustrofóbica que se escucha con una mezcla de inquietud y aceptación. Incluso, incomodidad. Los bajos vibran en algún lugar a mitad de camino entre el techo y el suelo de una sala que no tengo claro, sea la más adecuada para la música en directo, sea electrónica o no.

Igual que un niño de pataleta, se empecina en repetir en cada nota, en cada pasaje y cada agonía en el estómago drama, drama, drama. El free jazz, reconvertido en una doncella de hierro. La angustia, sonando igual que los canales de ventilación. El aire, escapándose en dirección a la calle. Portentoso, o terrible: o las dos cosas. Al final una algarabía que parece el caos de una orquesta preparándose para tocar, sirve como ceremonia de despedida y abre las ventanas y, de repente, el agujero donde nos sofocábamos, desaparece.

La música de Laurel Halo tiene la misma vitalidad que se escucha en sus discos. Incluso desde la frialdad de las cajas de ritmo, es capaz de interpretar con la actitud y el swing de un cantante de blues, aunque desde aquí se la imagina vestida de distante dama vanguardista. El caos, la rabia, la ironía se ponen a dar saltos entre las piernas de un público que, sin solicitud previa, se ha apostado cerca del calor del escenario, igual que criaturas que buscan el consuelo del sol.

Es cierto, y es lógico, que la respuesta a su sonido es visceral e inmediata. Ella apuesta por la percusión como catalizador y la reacción es agradecida y poderosa. La astucia, también, se desliza entre las notas del menú y nos lleva de la mano. La arrogancia, nos inmoviliza. Y de repente, algunos se ponen a bailar. Y Halo se relame, mientras nuestras almas se ablandan a fuego lento. Las libaciones de Madrid van a estar en su punto ideal. La perversa estrella de Hyperdub está dando esta noche justo lo que veníamos buscando. La energía, el aliento perdido, las emociones inciertas, el ritmo complicado y desaforado. Una nana, una sacudida, una lágrima, suelo oscuro. Un poco de gravedad y tal vez, algo de alivio cuando me/nos regrese a la ciudad saturada y caliente, un sábado por la noche. Divorcios y coitos, cocinándose aquí abajo. La carne, engalanada de Beats. Esplendor y luces rojas.

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