Pecker: El Incendio Perfecto (2018)

Apocalipsis. Hace mucho tiempo decidí que el fin del mundo, si nos dieran un enlace para ponerlo en el calendario, tendríamos que recibirlo en un concierto de La Casa Azul, y desaparecer repentinamente, dejando una nube de cenizas y olor a chamusquina después del repentino silencio. Hoy Pecker nos despierta chascando los dedos delante de nuestros ojos entrecerrados y nos explica, cruel y socarrón, que vivimos en el fin del mundo desde que nacimos, que todo lo que tenemos se apaga por falta de datos y que debiéramos prepararnos para la verdadera fiesta: la que comenzará cuando no tengamos nada. Y sí, será eléctrica y salvaje.

Y entonces decide que mejor, nos ponemos a follar. La vida es breve, báñate en el mar, desnúdate, haz todo eso que te (me) haga feliz. Coño… Vas a volvernos locos de miedo y de lujuria.

Así comienza El Incendio Perfecto. El disco número 7 de Pecker, un trabajo rotundo y perversamente complejo, que parece tener muchos nexos con aquel rosado “Pecker”; pop hecho para bailar y arreglado para desfondar. Acapulco, el tema número 2 y single es el cebo, uno de los más inteligentes que he oído, para entrar al cerebro musical de un músico venerado, invisible e imperdible: una canción que habla de ego y conexión, de mortalidad y hedonismo, pero que sobre todo hace bailar, hasta – por qué no- morir. Que, por otro lado, es el asunto.

Pero no es la fatalidad ni el drama el motivo de este disco. Los tiros van en otra dirección. El siguiente tema, que hubiera puesto felina a Annie Lennox, reincide en la presencia de una compañera, o de un nosotros, porque es fácil caer en la (otra vez) trampa del aragonés e imaginarnos de la mano de Daryl Hannah dando volteretas en Blade Runner. De nuevo, el fuego, el de la pasión, haciendo mella en el caparazón.

Pero no todo sin divagaciones sobre el amor y la muerte: la música, los mitos juegan a las escondidillas en todas las canciones del Incendio. Umberto Tozzi, Pedro Marín, Ricchi e Poveri, están en los ecos de El Cielo, el Fuego y el Hielo, que rebaja el ritmo y fabula en clave de pop ancestral sobre la añoranza y sus tristezas, y la durabilidad del amor. No es adecuada para ánimos zizagueantes, o e precisamente es perfecta para sonreirla con ojos húmedos y una mano a la que rozar con la yema de los dedos.

Si hasta ahora nos hemos movido en una sicodelia surfeante, Polar cambia radicalmente el vértigo de las olas por un balanceo onírico, una especie de nana reprimida, pensada para inquietar. La escucho con la sensación de la tiza chirriando en la pizarra. Casi diría que ha sido arreglada alevosamente con esa intención. Es la nana de lo inevitable, la maldición de los amores asimétricos. O una fiesta algo pasada de vueltas en la que las cabezas estallan y los cuerpos divagan, torpes y lentos.

Pecker parece tener ganas de liberar perversidad. Hay mucha crudeza en este disco, muchas ganas de obligarnos a escucharlo con los párpados sujetos con ganchos para que no pensemos en evadirnos de la verdad más cruda: la soledad, la compañía, la fragilidad, la mortalidad, el amor y el dolor. Siempre se lo ha comparado con Carlos Berlanga, pero yo veo en él más del cinismo, del llanto barroco de Tino Casal. Estés solo o no, seas feliz o no, baila. Tal vez Casal no escribió un atlas del optimismo necesario como es Acapulco pero, sea borrachos de joyas o ahogados de gotas de colores, los dos nos han sabido enseñar lo hermosa que es nuestra carne, finita pero palpitante. Esta divagación final surgió después de escuchar Calaveras y Diamantes y, como se trata de improvisar, decidí que dejarla como cierre era como dejar un cuadro torcido, y que su lugar estaba aquí, fuera de lugar.

Y entonces, No es Solamente Euforia nos regresa a las estrellas frustradas del pop español: podría ser una canción de Berlanga. Incluso esa nostalgia de las oportunidades perdidas, como una de las dos mitades que traman la canción, cuyo motivo es la confianza y las batallas (casi) perdidas. Pero la tristeza que hay, tan llena de esperanza, sin duda es la marca de Casal (esta reseña empieza a parecer un partido de Ping Pong). Aparte de las mitomanías, es la primera que suena claramente en primera persona, y la primera que brilla con luz propia, parpadeante, de un neón que dice “Pecker, razón aquí”.

El brusco cambio de dirección de Puñales puede dejar al oyente perplejo o entusiasmado (reconozco que me pareció una porquería la primera vez que la escuché). Canción violenta contra la violencia, utiliza la retórica de hacer propios los estigmas y los insultos y convertirlos en armadura. Pecker mata la agresividad (¿la testosterona?) por desbordamiento, y crea una canción fugaz y extrema como el encender de un fósforo. Quizás demasiado contenido para tan poco recipiente, pero hay que reconocerle la audacia y el capricho punk. Nuestro Raúl está más loco de lo que parece.

Mil días arranca y de repente todo es Dinarama. Pero nada de nostalgia o fotocopia. La edad de oro de regreso, su portada en las paradas del autobús, la buena gente horrorizada y entusiasmada porque unas punkis de Bilbao querían ser zorras: esa atmósfera de neón, brillo y rencor es sin duda hija de las luminarias de nuestro pequeño estallido moderno: de Champú de Huevo a Veneno en la Piel, cantando las agonías de todos los purgatorios en envase de estribillo tontorrón. Y romper en una fugaz ola Power Pop, que nos salpica de rojisima granadina y diamantes.

Después de todo esto deben sentarse porque ha sido un sueño. Perfecto, es cierto. Escurridizo y doloroso. Un sueño de deseo, amor, odio, lujos inalcanzables y tiempo. Un sueño circular del que no es probable que salgamos. Un sueño que recuerda demasiado a Pictures of You, igual de negro. Pero es un sueño de Pecker, o la modorra de Pecker, o la morriña de Pecker. Un sueño que me humedece los ojos en la sala de espera, porque debo terminar este texto de una puñetera vez y no me importa mucho más. Pobre hámster corriendo detrás de editor de textos.

A estas alturas es difícil juzgar si este es el mejor disco que ha editado Pecker. Quizás, junto a Comercial. Pero sí es cierto que hay algo nuevo, y es la manera de escribirlo: canta a un tú que es, casi sin duda, el oyente (yo, o quien esté leyendo esto, si es que alguien lo lee). Y aunque no susurre al oído, no es una desfachatez convertirlo en un fugaz, intenso intercambio de roces y lujurias. Bailar y tocarse, quitarse ropa… Dejar que fluya.

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