Jamonas, The Veronas y Juanita Banana. Wurlitzer Ballroom, Madrid, 20 de abril de 2018

Jamonas son un desaguisado que se mantiene en pie por razones difíciles de comprender. Ni las ocurrencias de Elena, ni el escote abisal de Su ni la voz escondida (la mejor, sin duda) de Arantxa parecen estar en su lugar. Quizás su batería empotrador, que marca implacable el compás, cosificado y preciso, o quizás esa manera que tienen de tirarse de los pelos y escenificar una hipotética lucha de barro. Jamonas no pueden tomarse en serio. Pero, a pesar de todo, ese pobre animal sin taxonomía ni empadronamiento que han dejado convulsionando en el suelo del escenario, se mueve.

The Veronas disparan un Soul bárbaro que a veces quiere ser surf, a veces garage y a veces no le da la gana explicarse. El pecado del exceso es para ellas una virtud y no muestran interés ninguno por la moderación. Incluso se atreven a exponer todas sus debilidades en honor a Debbie Harry, y salir airosas de la hecatombe. Veronas saben mancharse las manos, y entienden que el descaro, bien administrado, es igual que el hormigón.

Juanita Banana juegan la carta de la ambición y la de la presencia. Podrían haberse colado en la banda sonora de Psycho Beach Party. No cuentan nada que no sepamos, es verdad, pero lo cuentan bien. Ellas son el orden, y mientras, el desconcierto las mira, con simpatía, desde la barra, ellas se divierten a costa de la incredulidad de los machirulos, que nunca entendieron a Pedro Picapiedra (ni a lo B-52)

 

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