Mercedes Ferrer en El Intruso. 15 de marzo de 2018.

Ningún disco de Mercedes Ferrer tiene una lectura inmediata. Normalmente se reconfiguran con los años y van convirtiéndose en algo nuevo sin aviso. Tal vez por eso sea una imprudencia escribir sobre uno que acaba de nacer y que apenas se ha dejado ver. Pero, como siempre tiene que haber un comienzo… Vamos allá.

C+V se ve transparente en directo. Sobre todo porque sí transmite con claridad sensaciones, algo que con la versión grabada llega algo más tarde. Pero aquí, ahora, me parece que Mercedes Ferrer ha creado una obra que habla del agotamiento y del entusiasmo, consecuencia de ver los patrones y de tener ganas de jugar con ellos. Las segundas juventudes, en resumen, a las que llegamos (así, en primera persona) con el pulso firme y la lengua fuera, contemplando el mundo descabalado y teniendo claro el orden que falta. La contundencia y la sencillez con que nos lo hace sonar son los síntomas del saber hacer, por un lado, y del aburrimiento por cargar con demasiadas ambiciones, por otro, y tal vez sobre todo. La idea es lograr que ese barquito de papel hunda, en un movimiento épico, la mastodóntica flota enemiga: tan arrogante, tan soñadora, que casi es imposible no asentir, incrédulos.

¿El secreto? Es imposible no estar aterrados. Tal vez, V es vértigo, no verso. Tal vez veo lo que quiero ver. Y, quizás, lo que envidio es la determinación con que deja claro que a ella, el miedo le da lo mismo. Bien es cierto que cantando como canta, no podía ser de otra manera. Su voz parece cosa de satanismos… y sí, la Ferrer está aquí de nuevo, tal vez la última músico que siga tocando mientras naufragamos, no por heroísmo sino por despiste.

Quizás el resumen sea el retrato de la testarudez de las esperanzas.

Si quieres contar algo...

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.