Pablo Rubén Maldonado. Corolarios del Backstage (2017)

Del lat. corollarium, de corolla ‘coronilla’.

Proposición que no necesita prueba particular y se deduce con facilidad de lo demostrado previamente.

(Diccionario de la R.A.E.)

Quizás algún día descubramos como salir del corral puede ser la solución para una carrera. Una artística en este caso. Pablo Rubén Maldonado decidió aprovechar sinergias y montar una especie de ensayo público en la escuela de flamenco Amor de Dios, en Lavapiés. Y han pasado ya ¿tres o cuatro años? y aquella pequeñez ha crecido y se ha consolidado como uno de esos tesoros ocultos que todos deben descubrir en Madrid.

Ahora, y esto era una consecuencia necesaria, este pianista granadino pública una serie de grabaciones en vídeo con algunos de los artistas que han pasado por el Backstage, grabadas en tomas únicas, en estudio. Una opción que quiere darle la pátina de obra terminada al derroche de cercanía, fiesta y drama de los conciertos. Y, un resumen de estos años que, para su carrera han supuesto, finalmente, tocar de verdad el éxito y, una radicalización de su sonido: flamenco, piano, voz. Ya no hay nada de esa fusión tan loca -tan necesaria- de sus trabajos anteriores, salvo la que tolera un género tan -de muchas maneras- negro como es el flamenco, haciendo simbiosis con la formación jazzistica de Pablo. Pero sin salir del sendero, sin sonar a lo que debe: una de las virtudes imprescindibles de la simplicidad es que no se debe perder lo esencial.

No es un disco pensado como una panorámica sistemática del flamenco, pero nace en el seno de una escuela y es inevitablemente una foto de conjunto seguro que incompleta, pero fiel a la realidad de un género cuya potente tradición no funciona como lastre sino como combustible. Cádiz y Madrid son los dos núcleos geográficos donde se apiñan las y los cantaoras, pero ahí están también la Granada de Pablo, Málaga, Jaén, Córdoba o… Burgos.

Juan Debel abre los Corolarios con unas cantiñas que apuntan al mismísimo Morente, y que el cantaor de Sanlúcar resuelve con humildad y una expresividad ronca que de alguna manera, recuerda a la del gigante granadino; Maldonado, al piano, añade un ingrediente de gracia con el que una pieza que podría estrellarse en ambición, crece como una colección de cuadros ligeros, alegres, irónicos y gamberros y va adquiriendo más potencia, más atractivo, a medida que se la reincide.

Pero la fiesta comienza oficialmente en el barrio de Santa María, en Cádiz, con Juañares. Los tanguillos, el carnaval, una letra basada en la sucesión de motivos con alguna coherencia conceptual (que no argumental), recuerda por esa circularidad a las sevillanas: también por el baile, la fiesta, la risa, la pedida de mano y quién sabe: la boda. Quizás sea el texto más descarado, el más gamberro de todos, y el que evoca con más potencia el bullicio de los barrios y la picaresca de las gentes. El pueblo, cantado para ellos.

Mayte Maya canta fuerte, agridulce, por tangos y a Granada. Es una de las pocas paradas que hace este disco en la ciudad natal de la cantaora y del pianista, y su incursión, que se arranca con  fuerza canalla, se vuelve hacia la melancolía del emigrante y el recuerdo de una ciudad sentida, perdida, ajena y lejana. Quizás haya un algo de mimo en esta exhibición de versatilidad que Pablo le deja liberar a su convecina, que arrastra la melancolía con fortaleza, y tiento, firme el pulso y quebrada la voz.

La Soleá de mis Pesares pudiera ser una copla, o un tango. Aunque no está interpretada de ninguna de esas maneras. Pero Pablo desata con su solo inicial un juego de referencias que se apodera de la canción: de Satie a Albéniz. E igual que Mayte Martín está en un lugar no definido cada vez que canta, los pesares flamencos de Loreto de Diego secuestran todos los parecidos razonables, las emociones y nos nudos en el pecho, haciéndonos penar en todas direcciones al compás de su soleá. Muchos querrán ver en su drama el de las grandes coplas, y la historia que canta (una sola) remite a esas terribles historias que cantan, confusas y afiladas, los mejores creadores del género menos entendido y más expoliado: pero Loreto no canta copla (tampoco). Y sin embargo…

Naike Ponce es una cantante que juega a retener su apasionada forma de cantar. Por eso Pablo arranca dramático y se alarga lo indispensable, dejando a la de Sanlúcar construir una pieza juguetona, densa y envenenada, enganchada al dolor y a la cadencia del cante jondo (que viene a ser lo mismo). Despacio nos canta con las entrañas, creado el retrato más obsceno, el de los desnudos emocionales. Atención a esa súplica orgullosa, a ese retrato del desdén y del dolor de los amantes despechados. A la sonrisa de ojos brillantes con que, aunque no la veamos, canta. Aunque no dispare directo, llega al nervio del dolor en el instante mejor. Sus Fandangos por Soleá vienen de Fernanda de Utrera, y Ponce hace su homenaje a la cantaora utrerana, mas añadiendo un matiz de burlas a su versión de la pieza, y quizás, de dolor, y dejando en segundo plano el motivo de la otra -feminismo en el flamenco, que ya era hora-, que es centro de la canción original, y que deja el foco en esa tesitura del deseo y el rechazo, juntos en el mismo vientre.

El villancico de Sonia Cortés es la canción más fácil de los Corolarios con bastante diferencia. Se pueden escuchar como fantasmas los cascabeles a ritmo de niño hiperactivo detrás de toda esa melancolía casi abolerada con que Pablo viste su visión. Se trata de una canción tradicional leonesa de la que hay versiones diferentes e cada pueblo y que, como sucede con el flamenco, sobrevive y cambia gracias a la transmisión oral. Al menos en Extremadura hay variantes y, rascando un poco, seguro aparecerían más. Sonia Cortés arrulla sentimientos muy crudos entre los brazos de la melodía de un villancico con ganas de ser nana, y factura la (probablemente) pieza más universal del disco, una canción líquida capaz de mimetizarse en fiesta, en dolor, en pereza o en pasión.

La saeta de Caridad Vega se cuela con su cadencia grave, extrañamente nerviosa, en el ritmo de la respiración. El cénit que se crea con el piano en tono de marcha y los quejíos de su cantaora es flamenco con orlas de oro, y una desmesurada barbaridad. Realmente se trata de una saeta mirándose al espejo, graciosa y coqueta, para anunciarse, machacona y fúnebre antes de salir al desfile. Cuatro minutos para explicar la grandeza y enseñar el sentimiento encorsetado en un desfile de figurines disfrazado de fiesta religiosa, que afortunadamente, tiene músicas así.

La primera canción política -obviamos el mirabrás del principio porque no hay intención- toma a Miguel Hernández como excusa. Sentado sobre los Muertos es un poema de batalla, rabioso y surreal, hecho de imágenes de fosas comunes y de la santificación de la carne y el cuerpo. La versión que toman como referente es la de Morente (que está muy presente en este disco), aunque Pablo hace una adaptación en la que el piano y la voz de Pedro Obregón transitan en un juego de contrapuntos, interpretando salmos que igual se funden que se dispersan, creando una plegaria asfixiante, pesimista y enfurecida, cuya potencia radica más en esa sensación de impotencia atrapada que como monumento, o como estampa del sufrimiento y las atrocidades que los más indefensos (la misma historia, la de siempre) tuvieron que padecer. La versión de Morente es un diálogo entre el poeta y el cantaor, mientras que la de los Corolarios, (Pablo / Pedro) es un reconocimiento a esas voces anuladas que han sido víctimas de un episodio especialmente duro (y no resuelto) de la historia de España.

Hay que escuchar el prólogo de la media granaína que interpreta Juan José Fernández. Maldonado entiende la tristeza ronca del cantaor y la traduce al piano con elegancia moruna y una clase que hemos escuchado en otros artistas (pienso en Clara Montes, aunque ella viene de la copla y camina hacia un lugar distinto) pero que remite al breve renacimiento de los años 30, antes del genocidio. Tan breve, tan intensa, que se siente uno obligado a buscar los pañuelos -y los papeles-. Otra genialidad, quizás, y otro de los picos creativos del disco.

Farruca y Garrotín es otra suma de piezas dispersas, unidas para crear una historia que empieza en velorio y termina en guasa. Gaitas, Galicia, una mujer que le llora al marido (la referencia al merengue de La Lupe puede ser intención, o puede ser casualidad, hija de la mente retorcida de este estúpido que escribe). El denominador común parece ser el deseo y la pérdida, o más bien el deseo, la torpeza y su consecuencia: la pérdida. El verso si mi madre fuera mora y yo nacida en Argel, un garrotín, se ha convertido también en jota (en 2009, nada menos, Carmen París hizo una versión). La canción tiene un desarrollo curioso que inicia negro, contenida como los velorios, triste como las resacas, y termina en una fiesta guasona, animada por la complicidad de Roberto Lorente, el cantaor, y Pablo, y que está presente, como un abanderado, en cada segundo de la interpretación, invocando cada emoción con una interpretación juguetona que arma un esqueleto de ironía y melancolía. Ese enjambre de pequeñas pinceladas son, al final y como debe ser, este tema cuyo motivo, la pérdida, lleva esta vez a La Lupe, pero también al Ebro de la París, el río que hay que atravesar sobornando al barquero para poder tocar de nuevo el cuerpo añorado. En medio, una inquietante referencia a la violencia mezclada con posesión, que no amor.

Había que cerrar con una sonrisa los Corolarios. Con una Guajira, (¿cante de ida y vuelta?), origen Jerez, destino Cuba. Con elegancia, casi con ese jaleo deprimente con que cierra Cabaret, Maldonado apaga las luces del Backstage dejando un sabor extraño, amargo, potente, difícil de digerir: sabor a vida. Quizás, el foco que alguien olvidó apagar haya dejado encerrado, en silencio, en el local vacío, un piano.

Si hubiera sido más valiente, hubiera escrito esta reseña como un cuento, sobre la complicidad, el perfeccionismo y la bruja mala. Corolarios del Backstage se entienden, al final y después de mucho tiempo, como relato sesudo de la vitalidad, un vistazo por la variedad del flamenco y lo dulce, lo amargo, lo ácido y hasta lo lisérgico. Es decir, una instantánea en movimiento de la vida. Corolarios no son un reflejo de esa anarquía severa y sorprendente que hay en los Backstage: es una reunión serena de amigos, intentando darle forma a esa locura y enviarla camino a la eternidad, en 12 canciones con sus respectivos vídeos. Pablo Rubén Maldonado piensa mucho lo que hace -y lo hace con sentimiento, ojo, escuchen con calma sus interpretaciones al piano y terminarán enganchados-, y hubiera sido sorprendente que se atreviera con el documental, con lo imprevisible y los ruidos de fondo. Aunque el quiera engañarnos diciendo que quiere recuperar la espontaneidad; pero a mí no me la cuelas, Pablo: tu visión del directo quiere ser intachable y eso es lo que te define.

Y ya para terminar, el nombre de este disco, después de tantas semanas cargándolo encima, no es casual y cada vez lo tengo más claro; es un bautizo en toda regla, con botella de cava estrellada contra el casco brillante, novísimo, de un barco-piano que arranca su singladura.

DVD: “Corolarios del Backstage” (2017)

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