Elle Belga en el Centro Cultural Galileo (Madrid). 16 de septiembre de 2017.

Puede que me haya venido una primavera atípica pero hoy Elle Belga me suenan salvajemente sexuales. Claros como la intención de copular, precisos como el toque bien dado, dolorosos como el empujón oportuno. Tal vez el lugar, tal vez el momento, la segunda fila, la luz dorada o que están igual de primaverales que yo. Pero esa densidad que les recuerdo es hoy pulcritud, el sonido del afilador de cuchillos, el susurro de una nana al oído. Y no en vano tres despistados no han podido comprender las emociones y han salido en desbandada buscando más bríos. Los pobres no entenderán hasta que mañana vean las marcas granate por toda la espalda.

El barro de la trinchera nos calienta, nos alimenta, cantan (La Trinchera, de Euforia, su último disco). Dos películas con guerra como decorado me han venido a la mente. Y muchas más. Y me hacen pensar en la fuerza de su sonido, capaz de meternos a la fuerza en el barreño de dolor y manzanas hasta el borde de, cómo no, la euforia. Quizás, con el paso de los días, se trató de un arrebato, pero seguí notando como un escalpelo el roce de las uñas de s en mi piel. Y canto a la sensualidad del verano y eso, es magia: el vídeo es testigo.

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