Valgeir Sigurðsson en el Auditorio al aire libre del Parque Las Cruces. Madrid, Veranos de la Villa. 8 de agosto de 2017.

El lugar, el formato, la hora, la intención, las ganas. Pero me voy a marchar de aquí con un nudo en la garganta, a pesar del petardeo restrictivo de la organización de Veranos de la Villa, que acaban de inventar el -pesadito- free-chic.

Pero a lo que vamos: Sigurðsson igual nos lleva a un estanque delicioso del siglo XVII o nos muestra la creación de los patos y el estanque que hay a sus espaldas de la mano de un ceñudo Dios escandinavo. Igual hace que nos duela el corazón, que nos enciende el miedo a lo que acecha en nuestra nuca.

La voz en off que alterna sus piezas viene a sugerir que nos preparemos para un invierno nuclear y que todos esos dolores diarios que tanto nos importan, serán polvo cuando hayamos terminado con todo. Pobres patos, pobre estanque, pobre planeta. La dulzura, que la hubo, se va transformando en un paisaje apocalíptico y la belleza… en un punto de vista.

Siempre he pensado que la música es la puerta a la trascendencia. Hoy me doy cuenta que llegar allí es algo parecido a contemplar como desaparece un aguaviento en un bonito estruendo de nada. Con esa indiferencia no está sacudiendo Valgeir Sigurðsson.

Lógicamente el final se vislumbra como nos vamos rozando con el Réquiem, y de nuevo notamos el toque del clasicismo. Claro que fue bonito, nos cuentan: hasta que terminó. Innecesariamente, violentamente, hace tanto tiempo. Curiosamente, el camino de vuelta fue oscuridad, sensación de amenaza, naturaleza y nadie. Pero es lo que sucede cuando atraviesas la mitad de los parques de Madrid al filo de la medianoche.

 

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