Nine Stories : Cinéma Vérité (2017)

Hay una mezcla de pasión y cariño en la rara mezcla de mitomanías y grandilocuencias que hay en el último disco de Nine Stories, y que lo hace especial de bastantes formas. Siempre me pareció una formación correcta (en directo, como los he disfrutado normalmente), tal vez demasiado, que acariciaba la belleza de una manera un tanto desapasionada, distante o, sencillamente, pudorosa. Y Cinéma Vérité es lo más cerca que vamos a encontrarlos de ese estado conocido como soltarse la melena. Sin renunciar al trabajo minucioso, de orfebrería devota y brillante que de muchas maneras, lo podría definir.

Nacho Ruiz, que hoy por hoy es el responsable de todo, ha creado un disco que arde debajo de una capa de impasibilidad, que se va reconfigurando a cada escucha, disfrazándose de fiesta, de luto, de llanto, de paseo, de cruel documental o de álbum de cromos melómanos. Pero siempre entre lo exquisito, el pop y una forma serena de entender el barroquismo y la densidad que igual lo hace fácil que indescifrable y que, al menos a este pobre que escribe, lo hace sentirse como un novicio entrando en el cuarto más oscuro del purgatorio de los novicios.

Low Sun abre con esa ambigüedad entre lo surreal, el pop amable y la melancolía punzante. Tal vez la melodía suena demasiado machacona, y es el arreglo, con su ligereza y sus toques de intensidad, el que apuntala finalmente este extraña alfombra de bienvenida, tan perverso que igual puede querer darle la bienvenida a un día cuesta arriba que a un atardecer cuesta abajo. Las carcajadas están agazapadas como arañas esperando el mínimo despiste de los ánimos susceptibles.

A Simpler Life es un bullicio pop que, a malas, podría darle algo de caché a los Coldplay (Nacho, no me mates). Simple, es cierto, pero chisposa como una chica ye-yé. Deja claro que Cinéma Vérité no vino a amargarnos la vida… solamente.

A Dream That Never Was es un sueño Glam, de pop artie, de lágrima contenida, con estribillo de arreglos densos y psicodélicos, una estructura de realidad y reflejo, con final de Adagio. Un tema largo que cierra en euforia melancólica y fuegos artificiales caseros. De esos que en directo, deben sonar con banda y ensordecedores, con violines y Hammond, con minutos y minutos de desarrollo y retórica. ¡Con ganas de hacer el loco!

Panic Attack es monumental. Hecha sobre la estrofa, más potente y certera que el estribillo y un ritmo cimbreante adornado de Blues, Pop y teclados Soul. Destila ironía, y ritmo, y debiera ser el mascarón de proa de un gran disco. Claro que esa decisión a servidor, no le corresponde.

Beijing se esconde en unos arreglos surreales que derivan en un Life on Mars reconfigurado a la Nine Stories. Esa pelea entre el desorden de los vientos y la perfecta belleza de la línea de piano hace de ella, al final, uno de los grandes momentos del disco. Y, mientras escribo, ellos (Nacho y Alondra Bentley) están de gira por… China.

Escucho Time Travels At Light Speed con sensación de déjà vu. Posiblemente sea la más extraña del disco, por esa exactitud frustrada que configura su brevedad. Tan seca que necesitas regresar a repetir la pregunta. La canción-esfinge. Igual que, algunos cortes más adelante, Fairy Lake Botanical Gardens, tan delicada que casi parece disolverse dentro de los tímpanos en dulzura.

Everything Is Politics está hecha de mitomanías y gracia. De rudeza y margaritas. Es Nacho Ruiz con un gesto rudo que al final queda en broma. Pero sin saber por qué, estamos rodeados de purpurinas coloridas festejándonos mientras caminamos, aunque haya un fondo de cinismo del que nos hacemos alegremente conscientes.

Different Shades Of Red sigue el tono reflexivo de la anterior, barruntando ideas sobre el yo y los otros (más o menos) con un tempo de marcha/festival y algo de distorsión. Estas dos canciones, y vamos a hacer el atrevimiento, para mí son algo así como un receso “Seeds of Love” que se permite, sin complejos, Nacho Ruiz. Claro que seguramente él y Tears for Fears, apuntaban en la misma dirección, y no aquél a ellos. Y, sin duda, Orzabal es considerablemente más megalómano.

Renoir Retiro también se contonea con ese tempo de marcha, o polka, que igual nos lleva a las Psicodelias para algunos, o a cierto toque de escena cinematográfica costumbrista y, tal vez, levemente trágica, para otras: Que estalla en una especie de desfile musical de dimensiones íntimas. Otro de esos temas que se parten por la mitad y parecen reflejarse en sí mismos, igual que A dream That Never Was.

Blue Glaciers tiene leves retazos de Soul debajo de una apacible estructura Folk. Podría ser un single, sin demasiado problema, por lo hermosa que suena, aunque el poso de tristeza que deja asuste un poco… seguro, un día, estaremos preparados para dejarnos llevar por esa melancolía azulada. Atención, al final: otra ruptura fascinante del motivo de la canción. Sin abusar de ese recurso, Nine Stories sabe hacer del desconcierto ventaja.

The First Night On The Town sería la pieza más rotunda, para una formación -unipersonal- que no le sale ser rotunda. Pero describe precisamente lo que su título sugiere: determinación, incertidumbre, fortaleza. Y, finalmente, un cierre que casi parece observar de lejos la electrónica (o los embriones del disco, clasicismo siempre), y que nos enseña a nuestro protagonista caminando, solo, hacia su nuevo hogar, en una noche cualquiera. Fin.

Towards The light es el broche que cierra el círculo del disco. Vuelta al sonido onírico, a un sentimiento que anda entre rabia y desolación. Que haya algo de veneno en esta colección de canciones (especialmente denso en esta), es casi obvio. Que sea suficiente poco para inmunizar sin matar, también.

Cuando llega el fundido a negro, Cinema Verité suena a optimismo, o a renacimiento. A vitalidad prestada o recargada, y al pestañeo que la luz del sol nos provoca después de demasiado tiempo encerrados en una caja negra. A ganas de vivir, y a deseo de dejar un legado digno… por si acaso.

 

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