Santiago Auserón en Los Veranos de la Villa 2017. Auditorio Pilar García Peña, 21 de julio de 2017.

Escuchar a Auserón tirado en una explanada porque el aforo se completó cuando me quedaban pocos metros para entrar tiene visos de putada y de fiesta popular a lo explanada de San Isidro. Claro que sí lo se… me traigo la botella de agua.

Veranos de la Villa ha entrado en la senda de la racionalidad y los espectáculos vienen con aforo y entradas anticipadas. Ya se ha liado con Rosalía y Santiago Auserón no iba a ser menos. Posiblemente haya la misma gente fuera que dentro del auditorio, y afortunadamente la acústica es buena (me acuerdo del Carmina Burana de la Plaza Mayor, y pienso que equivocaron el lugar). Incluso las conversaciones son un murmullo al lado de la voz grave del otrora cantante de Radio Futura.

Y hoy se me arruga un mito. Siempre le consideré una de las grandes voces del pop español, pero el formato orquesta parece confundirlo. Suena impostado, forzado, intentando parecer un tenor. Canta unas canciones bonitas con las que no llega a decir nada. Lleva un corsé del que necesita librarse, e imaginar que esos músicos que le rodean son su banda, la de siempre. Aunque matizando: estoy escuchando y no viendo, porque o está demasiado lejos o tapado por árboles. Alguna vez se le ve animando con al público, interactuando con la orquesta y el director.

Pero aquí fuera, hay chicharras, y las 4 torres de Mordor al atardecer, y risas, y bolsas de plástico llenas de comida y al final, mucho cachondeo. Quizás haya sido mejor quedarse aquí afuera, dónde no tenemos el corsé de Santiago ni nos han confiscado el tapón de la botella de agua. Aquí hacemos lo que nos da la gana y allí agitan el abanico y esperan su turno en el puesto de cervezas y en los baños portátiles. Imagino, que es gratis, al cantante salir y regalarnos un bis a pelo, por ser tan majos y tirarnos en el suelo a escucharlo (algo que no sucedió).

El exotismo de la situación, no obstante, merece la pena. Y al final, es cierto, alguna canción termina por levantar almas de los asientos y aplausos de las manos: enloquecieron cuando reconocieron Annabel Lee (mira que les costó, nadie se dio cuenta cuando dijo “esta letra no es mia, es de Edgar Allan Poe“), tan rara, entre tango, pasodoble, marcha… Fue así, difícil de definir, esa tarde. Como ver las jirafas a un kilómetro de distancia: imposible no pensar que son un poco sosas.

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