Feist: Pleasure (2017)

La primera vez que escuché Pleasure me sentí muy triste. La segunda contento. La tercera eufórico. Todas ellas, reconocí a esa reina mainstream del Indie que supo seducir a propios y extraños y que ha regresado por la puerta pequeña, con un disco enorme. Simple y genial, afilado y hermoso, como en su momento hizo Emiliana Torrini. Simplificando la factura sonora para sonar distinta.

Pero al contrario que la islandesa, Feist sigue siendo la misma. Pero seca, dura, un tanto despiadada. A lo mejor, por eso nombra y arranca su nuevo y ya casi inesperado disco con una canción que habla de la conexión y del sexo, de la generosidad y del egoísmo que hay cada vez que intercambiamos líquidos y chispazos. Entonces, te suelta una hostia emocional con un canto a la añoranza y a la frustración de las rupturas, las pérdidas, las putadas o como quiera llamarle cada quién. Una canción, I wish I didn’t miss you, que habla en blancos y en negros, y corta sin piedad. Que describe esa sensación de rechazo y de necesidad que, los que tenemos la estúpida manía de engancharnos a otros, sabemos perfectamente describir, con una base de cadencia pop que se va saturando de surrealismo y llega a encandilar como una tela de araña cubierta de rocío.

Get not high, get not low podría ser una consecuencia de esa suerte de parque de atracciones emocional en el que nos ha metido (en el que nos hemos metido, Feist es una lejana maestra de ceremonias) y apenas el principio de ese periplo por la inestabilidad emocional, tocada con frialdad precisa y un tono de desgana en algún momento, mezclando la nana con el Réquiem, y describiendo con sonidos la imprecisión de ciertas emociones, y su peso.

El consuelo llega con una canción sobre los sueños perdidos que podemos recuperar a cada momento. Una Feist escéptica que, por lo menos, deja abierta una puerta imposible a la esperanza. Aunque el solo de guitarra, el bajo como una invitación a la rave y la evasión (que casi seguro me estoy inventando) terminan por ser tan desconcertantes, tan dramáticos, dulces como el resto de Pleasure. Su título, Lost dreams

Any party, que casi parece un flashback, también suena algo más distinta a esa frialdad entre cruel y confortadora de los rasgueos de guitarra y la peculiar voz de la canadiense combinados, y que viene a ser lo que hemos oído hasta el momento. Parece un tema hijo del grunge, rabioso, grandioso. Y al final es una canción de amor tan frustrada, frustrante, como otras, con un final muy parecido al de My moon my man, con Feist literalmente huyendo en la noche de la canción, mientras un coche pasa con los acordes de Pleasure sonando a todo volumen.

Y A man is not his song, que trae al presente la Feist de los comienzos, cuando lanzó Let It Die, viene a decirnos que, a pesar de todo, esto, todo, cualquier disco, cualquier canción es una mentira. Que la música decora y que nosotros vemos lo que queremos (sin parar en el hecho que habla de un hombre, no una mujer, y de atar una relación directa entre la persona su obra: con todo lo que implica la elección del género y el cierre guitarrero. Tal vez un dardo a la testosterona musical, tal vez algo más genérico e impreciso).

Y tal vez, por eso The wind, la siguiente, suena tan bonita como mentirosa. Una canción a la que se le ve el mecanismo funcionando con precisión. Una miniatura pop melancólica que podría acumular números uno y remezclas cool (ya hay algún coqueteo con al electrónica y alguna alusión a esa ya descartada Feist estupenda de la que nos acordamos todos.

Century parece una repetición de Pleasure pero dándole la vuelta, haciéndola carnal y pegadiza y quitándole ese tono de balada Metal y maquinal. Mucho más sencilla, parece que está en esa parte del disco en que deciden dejar de darle aguijonazos al oyente, y comienzan con las canciones bonitas. En directo podría convertirse en uno de esos himnos que marcan una noche.

Baby be simple podría ser el cierre perfecto. Delicada, suena a nana para calmar los demonios que bullen en todas direcciones. Aunque no haya mucha paz en la letra, pero sí cierto consuelo en el tono. O más bien una suerte de advertencia, contra todo lo que hemos tenido que pasar, escuchando la colección de canciones, rememorando los momentos, rascando de nuevo las marcas rojizas de la piel. Todo va a ir bien pero intenta calmarte la próxima vez…

En susurros, sienta mejor.

I’m not running away habla de la dependencia sentimental. Sin embargo, lo hace desde el blues, tomando y lanzando como serpentina todos los clichés del género, y casi se escucha como una canción-plantilla de la que engancharse sin complicar demasiado las emociones. Por otro lado, es -nuevamente- aquella Feist, la de Let it Die.

Young up es la advertencia final: después de esto llega la madurez, muere la ingenuidad, dejamos de ser jóvenes. El Punk desaparece pero, me temo, regresaremos a Pleasure, con nuestro cuerpo envejecido, sintiendo el mismo dolor, de la misma manera, como la sorpresa final: para ciertas cosas, no hay sabiduría. ¡Ta-chán!

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