Pshycotic Beats: The Black Sea (2017)

En el relato de Pshycotic Beats la enfermedad mental tiene una importancia grande e incluso central, hasta el punto de ser el nudo y la excusa para casi toda su producción musical (su propio nombre artístico es un reconocimiento en si). The Black Sea parece un punto y aparte que sin embargo nos deja sobre la mesa el disco más contradictorio y desquiciado de todos los suyos. Rabioso, sin discurso, coherencia y guión, no habla de la locura: lo es. Y para entenderlo, hay que olvidar hacerlo y entrar en el juego del capricho y la arbitrariedad (esto no es más que una triste hipótesis) que nos están proponiendo.

The Begining y The End son el marciano, hermoso y doloroso comienzo, medida del exhibicionista despliegue de melodrama que puede poseer a Andrés Costureras y la fascinante belleza que hay en su exageración, en esa sutil incitación al abandono o a la muerte (y en toda la impostura que lo rodea). A medias Bowie, a medias Mark Almond, el barroco teatro que monta puede colocar un nudo en la garganta y hace del momento malo el infierno perfecto. Pero ojo: es una nana, duerme, déjate arrullar.

A partir de aquí arranca la fiesta. Quizás estamos fuera del agujero negro o flotamos confundidos en el fondo del mar negro. Pudimos llegar adormilados del prefacio, derrotados por la muerte. Y estamos de repente en la pista de baile de pancartas, luces deslumbrantes y confusión. Bienvenidos a The Black Sea: que es entre otras un disco para bailar, y Planet Nine podría ser cualquiera de los himnos que creaban Pet Shop Boys para recuperar el pop y la hermandad colocada con una mijita de mala leche. Majestuosidad y un estribillo grandioso, y de golpe nos saca del sueño espeso y nos tira sin demasiados miramientos a una pista de baile repleta de invitaciones a sudar y sonreír, aunque sea a la fuerza.

From Disco Section to House Foundation (confined to your music) es un reproche pensado para alargar el meeting mientras se lamenta por esa cultura del consumo rápido y el deshecho fácil que también ha contagiado la industria musical, y al menos alquien pide un copazo al dueño de la sala; a pesar de la evidente necesidad que tenemos de ser cantados, agitados y enfebrecidos, que es el núcleo de la pataleta: prueben a mantenerse quietos.

Where The Night is Going es una canción de base melódica que intenta hacer de lugar intermedio entre la paz y la nada submarina de las dos primeras pistas y la hedonista arenga de las dos segundas. Y no es un fracaso, ni un acierto. Funciona como paradoja, paréntesis o experimento, aunque nos mantenga esperando algo que no termina de estallar. On es la nana que sonó al principio, rellena de optimismo., una línea de bajo funk y algo de Hi-NRG.

Black Moon Falling sin embargo es una incursión cristalina en el Pop manchado de Soul. The Christians o Simply Red (vale, aquí se me está yendo la mano) podrían valer como referentes -y much@s más -. Comercial, extraña, sensual, oscura,… Un buen ejemplo de esa forma de nadar, flotar, hundirse, levitar, de la cual me empeño en hacer esqueleto de todo esto.

Knives, también situada en el terreno del himno pop y el pelotazo bailable, podría ser sin demasiado problema uno de los grandes hits de Eurythmics. Casi me imagino a Costureras intentando cantar lo más parecido posible a Annie Lennox en dueto con John Barrowman, y la verdad: casi sabe entender el temperamento de las británicas como un perfecto suplantador.

Con surrender tengo un déja vù raro: ¿recordáis el Love in Blindness de U2? Pues ahí estamos, intentando hacer una versión interpretada por Prince versión voz grave. El talento como imitador, retorciendo el resultado para convertirlo en un puzzle de mitos, quizás sea otro de las grandes fortalezas de este disco, tan lleno de los artistas que adora Andrés Costureras como puede ser, sin disolverlo en el mero fotocopiado.

Finalmente, My Death is Yours, otra balada con la que cierra de forma simétrica, o circular, The Black Sea, y que podría ser parte de la banda sonora de Twin Peaks, aunque con unos adornos menos etéreos que los que hacía Julee Cruise. Quizás, porque en su cabeza crecen canciones grandes, hechas para mirar desde arriba como monumentos a una autoridad casi totalitaria.

El mar negro es desconcertante, pero respira hondo y verás que ni mata ni arrulla. Es él. Y es raro. Y se escucha en un estado de euforia y ganas de saltar a la calzada. Tranquilos. Es hablar por hablar.

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