Francis White y Peninsular. Café la Palma (Madrid). 25 de mayo de 2017.

Si Elle Belga son las pesadillas, Peninsular serían los sueños. Y ambos la ensoñación, o esa manera distorsionada que tenemos de interpretar la realidad para asimilarla y/o soportarla mejor. Y aunque cometeré pecado si sugiero que hacen Dream Pop, ellos se mueven en indefinidos zimbreos a medias sueño, a medias pop, a medias artie, a veces Pegamoides (lo juro, el vídeo da fe). Y a pesar de estar casi equivocado, es la irrealidad su lenguaje, incluso cuando cantan algo tan bonito como mutar en un animal que es y pertenece al amor. Y un poco animales sí han sonado, por cierto.

El sentimentalismo cínico y casi venenoso de Francis White me resulta tan familiar que me asusto de esta

r delante de un espejo. Que yo no soy del modo cantautor, coño. Vamos a tener que inventar el concepto cantraidor para tipos tan brillantes como este.

Egoviajes aparte, White sabe mezclar el Rock, las melodías con gancho y letras que trascienden del amor de barricada o las putas de garito y habla de depresiones diarias, estupideces y amor (van de la mano), terrorismos imaginarios que todos hemos querido perpetrar y jornadas cuesta arriba que nos gustaría evitar. Y ni es el barrio (el mantra de los raperos), ni es el tipo que mira por encima del homb

ro a todos los que le acompañan en el metro por la mañana. Es uno más que ve un poco más obtuso. Y en consecuencia, siente eso que no tenemos claro por qué pero escuece, se multiplica y se manifiesta en forma de canción. Y se cae sobre tu cabeza con una mala hostia que ya le vale.

Mientras el nudo su

be de la panza a la garganta y no

tengo claro qué va a llenar mi cabeza está noche. Socorro.

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