Glowstone Leaf Orchestra: Träumerei (2017)

GlowStone es la historia de un chaval que se puso a construir cosas pequeñas en un lugar pequeño. Y que, un día, sin saber por qué, se encontró con ese lugar pequeño repleto de inquilinas grandes, con ventanas abiertas a carreteras interminables y paisajes de cielos extensos y agobiantes. Música de viajes y grandes discursos, nacida de una habitación y algunas buenas ideas. Träumerei es su sexto disco, y se escucha pacífico, irritante, ruidoso, denso, difícil y bailable. Un disco de palmas y de aplausos que tiene dos caras y que (me) suena así:

Miroslava/Talismán es una canción larguísima que en su primera parte evoca la grandilocuencia de los himnos políticos latinoamericanos y, en la segunda, se torna melancólica, difícil y repetitiva, igual que una baladista folk escandinava y semi-desconocida. El sumatorio es fascinante.

Abraxas llega sin mácula: América Latina por los cuatro costados. Interpretada con rabia y alegría, es una pieza delicada y llena de optimismo, que intenta abarcar la metafísica de lo físico (dentro del disco, tal vez, más metafísico de GlowStone).

Aluminé es otro perfecto ejemplo del deseo del mexicano de crear una suerte de tránsito pan-continental a través de la raíz musical. Y, de nuevo, canta a una metafísica del creador y los lazos personales con una audiencia inconcreta, o familiar, más la vitalidad como mandato/hoja de ruta.

San Jorge es algo así como una canción de amor, o de devoción, de nuevo con el tempo de una verbena india. Quizás la que más coral/colectiva suena de todas (una paradoja, puesto que es un disco esencialmente personal, pero esa es una de las buenas mentiras de Jorge/GlowStone.

De alguna manera todas estas canciones parecen buscar darle solidez a hechos poco tangibles de la experiencia vital, para darle un sentido a ese ciclo de nacimiento y desaparición que inevitablemente, entendemos (al menos los occidentales) como una condena. La derrota, los paisajes, la creatividad, la -limitada- supervivencia.

Voy a volar ahora puede ser la larga transición a la segunda parte del disco, más densa, atrevida y personal. Aunque las primeras estrofas parecen reincidir en el tono de himno Folk, la canción muta en una apacible pieza que anda entre la psicodelia, el jazz y algo de art-rock. El giro termina en una lectura menos obvia de la intensidad, y da pie a la segunda parte de Träumerei, perfectamente delimitada por el interludio ambiental que es Yavanna.

An Adventure es una pieza instrumental que cambia el tono y la orientación del disco, que deja de mirar al Sur y a lo popular y se gira al Norte en un tono de banda sonora melancólico e impresionista. De las guitarras y los coros vamos a los violines y los pianos, de los vuelos por vidas posibles a un pedazo de intimidad congelado, conservado, en paz y abandono. Casi se podría calificar como una transición dura, que desafía al oyente a ser otro.

Pero el verdadero momento en que Träumerei se convierte en un trabajo genuinamente experimental es cuando suena Estanque Uno / Impala Escaping From Gunshots. Irrumpe el inglés, un arreglo que termina volviéndose tortuoso y oscuro y un tono de gravedad que casi deriva en espiritual.

Marte Haciéndole el Amor a Venus nos lleva hacia una mezcla de jazz y folk artie extraña de digerir, y que muestra la amplitud de las ambiciones de Gibrán/GlowStone, que se torna retorcido en el siguiente tema, Andromeda Ofrecida en Sacrificio, que sin complejos fanfarronea la etiqueta “Clásica Contemporánea” y la madre de todas las vanguardias. Y divierte, en su grandeza y arrogancia, e incluso podría ser la más valorable del disco, sólo por la osadía.

Nadja es la canción que se adelantó como single a fines de 2016. Después del despliegue de verbo que la precede casi suena a pequeña canción de cuna para niños especiales. Aunque es una continuación en varios bloques de la misma, exagerada ambición que parece estar llevando la trayectoria de Jorge Hernández hacia un salto cualitativo sorprendente y marcado por el vértigo. La introspección podría derivar en un golpe sobre la mesa que a su manera (recogiendo sonidos al azar y manadas de gatos) sugiere la última canción, Marina, subrayada con un (Primera Parte) que promete más, en esa dirección. Todo acaba, todo se transforma… Fundido a gato.

Si quieres contar algo...