The Shamrocks. Centro Cultural Eduardo Úrculo (Madrid). 5 de marzo de 2017.

Cuando entraba al concierto, alguien se quejaba del volumen del violín. Cuando salía del concierto, alguien (quizás la misma persona) comentaba que la música irlandesa es “muy monótona”. Posiblemente con esas dos simples opiniones pudiera quedar resumido el catálogo de virtudes y defectos de la canción tradicional de Irlanda, y por extensión, del concierto que dieron The Shamrocks en Tetuán.

Y aunque las simplificaciones sean malas, ayudan a entender. Es cierto que la música que sonó esa tarde de domingo era machacona, demasiado. Como estar escuchando una y otra vez la misma melodía. Y también, que en la repetición suele estar la clave para acceder a la emoción, el misticismo o al país de los espíritus (o al poder, la guerra y la destrucción, que se lo cuenten a Goebbels). Y en esa machaconería, en esa insistencia del violinista por mostrarse presente, hiriente, incisivo y monótono reside el encanto de cualquier tonada procedente del país de los celtas (que no existen, pero bueno).

Así regresé a casa, pensando que me había aburrido, pero recordando el eco de aquél chirrido rebotando en las paredes de un auditorio que, por otro lado, ya iba siendo hora que alguien aprovechase como es debido. Y posiblemente, si hubiera ocasión de bailar un poco más y beber algo de buen whiskey, o de llorar por las resacas futuras y los amores pasados, merecería la pena repetir…

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